Presentación de Huesos de San Lorenzo, de Vicente Alfonso

El miércoles 29 de junio de 2016, fui invitado a presentar Huesos de San Lorenzo, la más reciente novela de Vicente Alfonso, en la ya mítica librería Jorge Cuesta, ubicada en la calle Liverpool de la CDMX. Aquí dejo el texto que leí en dicha ocasión:

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Habla de lo que sabes

Hace unos años me encontré con un consejo y una afirmación a las que desde entonces suelo recurrir para apreciar, al menos en parte, la valía de obras literarias que caen en mis manos. El consejo lo leí en la portada de un libro de Geney Beltrán: Habla de lo que sabes, rezaba el título. La aseveración, en un ensayo de Edith Negrín sobre José Revueltas; ahí, la escritora afirmaba que la totalidad de textos de un autor funciona como un sistema de vasos comunicantes, de tal suerte que, haciendo una incisión en cualquier lugar del conjunto, sería posible observar las características fundamentales de la obra entera.

Conforme han pasado los años, he ido comprobando que, en efecto, los buenos autores no se atreven a desarrollar un texto acerca de un tema que no comprenden o que no les es familiar. Asimismo, he corroborado que las buenas plumas se vuelcan sobre un número determinado de obsesiones vitales, a las que vuelven una y otra vez, no solo desde el polo temático o de contenido, sino desde los mismos recursos técnicos con que intentan resolver dichas obsesiones. Esto refleja una relación profunda del autor con su obra, pero también consigo mismo, como un ser que ha aprendido a desdoblarse y a confrontarse permanentemente.

Menciono todo esto porque al analizar la obra de Vicente Alfonso encuentro este par de características esenciales: primero, que tanto los temas como su desarrollo reflejan un amplio conocimiento del autor sobre los mismos; es decir, Vicente no da lugar a ocurrencias o a tentaciones de modas temáticas o formales: habla sólo de lo que sabe, de lo que ha vivido o ha estudiado o ha reflexionado largamente; segundo, que Vicente atiende con religiosidad a sus obsesiones vitales, a los enigmas sobre los cuales cimienta, ya su quehacer profesional, ya su estar en el mundo. Tal vez dicho así suena muy básico, y sin embargo, es sencillo comprobar cómo un enorme grupo de autores confunden lo esencial con lo tangencial; lo efectivo con lo efectista; el evento trascendental con la pirotecnia que lo adorna. Pero volvamos a lo nuestro.

 
 

La realidad es una; sus lecturas infinitas

Huesos de San Lorenzo es ejemplar en muchos sentidos, incluyendo los que he mencionado ahora: es un libro que propone una tesis como pilar y eje no sólo de sí mismo, sino de toda la obra narrativa del autor (incluyendo las novelas que aún no ha escrito): “La realidad es una; sus lecturas infinitas”. A esta frase con que abre Huesos…, se suma el primer párrafo del segundo capítulo, donde habla por primera vez Alberto Albores, narrador principal del libro:

 
 

¿Cómo se construyen los recuerdos? ¿Cambian, se acomodan, maduran con el tiempo? ¿O van borrándose como periódicos al sol? Pudiera ser que, a veces, los hechos vayan sedimentándose en la memoria como un agua lodosa que al principio nos impide ver lo que intuimos cerca. De cualquier forma, reconstruir un pasaje a partir de varias fuentes es como rasurarse frente a un espejo roto: partituralas versiones se contraponen en unos detalles y coinciden en otros.

 
 

Finalmente, la idea termina de plantearse con una frase atribuida a Remo Ayala, personaje principal de la historia: “reconstruir el pasado es armar un rompecabezas en el que las piezas no terminan de embonar”.

En suma, la tesis que subyace a este libro, pero también a Partitura para mujer muerta (primer novela de Vicente), se puede re-enunciar así: 1.- Si las lecturas que se pueden dar a la realidad son innumerables; 2) y si al reconstruir una historia a partir de varias fuentes, las versiones se contraponen en algunos detalles y coinciden en otros; 3.- Entonces, reconstruir un pasado debe equipararse al armado de un rompecabezas en el que las piezas no terminan de embonar.

Si afirmo que ahí se encuentra una obsesión vital del autor, que atravesará de hito en hito su obra, es porque hay indicios para pensar que Vicente siente una atracción fatal por el tema de la construcción de la realidad, tanto como para haberse convertido en un ávido lector de Historia y de novela negra, en un hábil narrador de este último género y también en un periodista de profesión. Además, en su Cuaderno de Tom Canty (Universidad Autónoma de Coahuila, 220161005_104710015) nos deja claro que Vicente regresa una y otra vez a sus raíces, para entenderse un poco mejor, a partir de su pasado y de las circunstancias particulares de sus relación fraternal: quiero decir que nuestro autor tiene un hermano gemelo y que ha dedicado muchas horas a leer y reflexionar sobre los efectos de esta posibilidad genética y sus correlatos en la vida psíquica y social de quienes la representan.

¿Y qué tiene que ver esto último con Huesos de San Lorenzo? Para responder es necesario hacer una sinopsis de la novela, a la cual diseccionaré en tres niveles: el de contenido, el de la organización textual y las estrategias narrativas, y el de los elementos paratextuales.

 
 

ENTRAMADO CONTENIDO

El primer nivel está compuesto de cinco historias: la más importante es la de dos hermanos gemelos, Rómulo y Remo Ayala, que están acusados del asesinato de Farid Sabag Padilla, un cirquero que creía ser un bendito y tener poderes adivinatorios. Alrededor de esta historia orbitan otras cuatro: una de ellas intenta esclarecer qué sucedió la noche en que los gemelos, aún adolescentes, huyeron del internado jesuita donde estudiaban, después de que se incendiara el auditorio del mismo; otra busca el rastro de la Niña Cande, una enigmática saurina venerada en Parras; otra más nos habla de la relación amorosa entre Magda y los gemelos Ayala, cuando estos trabajaron como escapistas en un circo nómada, y la última nos habla un poco de los padres de los gemelos, su labor en una liga comunista y la extraña desaparición de la madre de estos chicos, después de dar a luz. Cada una de las historias tiene elementos que permite clarificar fragmentos de las otras; pero también, como lo promete la tesis inicial de la novela, puede ser que arrojen datos contradictorios. Así, forman un rompecabezas poliédrico, cuyas piezas nunca terminan por embonar completamente, aunque al final nos permitan ver una imagen clara de ese pasado reconstruido.

 
 

POLIFONÍA TEXTUAL

Pero el rompecabezas no es tal solo por el juego de entrecruzamiento de datos que hay entre las historias aquí narradas, sino también por la manera en que han sidohuesos dispuestas en un segundo nivel: el de la organización textual. En el índice de Huesos puede notarse que la novela está compuesta por siete legajos y algunos folios sueltos, distribuido todo de manera intercalada y no secuencial. Me explico con un ejemplo: el primerconjunto recoge los datos más importantes que Alberto Albores, narrador principal y psicólogo de Remo, grabó en sus sesiones semanales con este paciente. Este legajo lleva por nombre “Sesión de Terapia” y está dividido en siete partes. La primera abarca de la página 15 a la 20; la segunda de la 39 a la 45, y así sucesivamente, de manera fragmentada. Entre la página 20 y la 39, distancia que media entre la primera y la segunda parte de “Sesión de terapia”, se encuentran secciones de otros legajos, correspondientes a otras historias u otras situaciones ocurridas fuera del consultorio.

Esta distribución desordenada de las partes que componen a cada uno de los conjuntos, potencia dramáticamente la sensación en el lector de estar armando un rompecabezas: leyendo tal o cual sección determinada, recordará que páginas atrás, en otra sección de otro legajo, había dado con una información que parecía no tener sentido, pero que ahora termina por explicarse, y también por generar nuevas dudas y posibles rutas para interpretar las historias que se están reconstruyendo.

Por su parte, la técnica narrativa también abona a la tesis inicial que, como puede notarse, es verdaderamente un pilar en los procesos de Vicente Alfonso. Si bien es cierto que el mayor porcentaje de la novela está narrado por un solo personaje, a veces homodiegético y a veces metadiegético (discúlpenme las palabrotas), también lo es que éste suele recurrir al parafraseo de autoridades académicas (como Sigmun Freud, Oliver Sacks o Michel Foucault), o que constantemente cede la voz a otros personajes, a través de recursos como la incrustación de escenas o diálogos, las citas directas y el discurso referido. Además, hay otras secciones donde la voz cantante es llevada por otros personajes, como Pepe Zamora, un periodista que intenta esclarecer la desaparición de la Niña Cande, vecina de Parras y ahora venerada como una santa que concede milagros; también hay artículos de opinión firmados con seudónimo, notas rojas y hasta cartas de uno de los gemelos enviadas a su padre. Esta polifonía narrativa permite que nos enfrentemos a la reconstrucción de hechos pasados o a la interpretación de la realidad, justo como lo hacemos normalmente, a través de la selección de fragmentos y voces diversas, que nosotros vamos tejiendo para otorgarles unidad y sentido.

 
 

FRONTERAS TEXTUALES DIFUMINADAS

En cuanto al tercer nivel, hay tres paratextos que llaman mucho mi atención y que también se comportan como guiños para la resignificación de la novela: el primero es la solapa anterior del libro, que contiene la semblanza del autor: por ésta sabremos que Vicente nació en Coahuila en 1977 y que fue educado en un colegio jesuita; el segundo paratexto se encuentra al final: se trata de los agradecimientos. Ahí el autor agradece a sus padres “por vivir esta historia”; a Frino (su hermano) “porque los juegos en la higuera aún no terminan” y a sus maestros “en el colegio jesuita Carlos Pereyra, por trece años de formación invaluable, incluidas las charlas en el gallinero”. Por ahora parecen no decirnos nada estos datos; pero cuando, ya al interior vicentede la novela nos damos cuenta de que los gemelos Ayala nacieron en el mismo estado y en el mismo año que el autor (Coahuila, 1977), o que estuvieron internados en el colegio jesuita Carlos Pereyra, cuyo auditorio era mejor conocido como el gallinero, o que en la casa de la infancia de los gemelos había una higuera en el jardín, bajo la cual jugaban, nos asaltan dudas sobre el porcentaje de realidad que hay dentro de la ficción. Cualquiera podría morder el anzuelo y hacer elucubraciones acerca del pasado de Vicente.

El otro paratexto, que también incide en nuestra interpretación de la novela, es el epígrafe extraído de El doble, de Fiodor Dostoievski. Éste dice así: “verdaderamente sería mucho mejor que no se diese caso tan patético y que no hubiera tales mellizos en el mundo. ¡Cargue el diablo con ellos! ¿Qué falta hacen, después de todo? Y, por lo menos, ¿por qué los prodigan tanto? ¡En todo esto anda de por medio el diablo”. Debo aclarar que la cita en sí misma nos propone una guía de lectura determinada, enfocada justo a la figura de los gemelos; pero quienes recuerden la novela del ruso, verán un sentido oculto, un guiño que no está en la cita sino en la historia de donde fue extraída.

Para cerrar esta lectura general de Huesos, quisiera regresar al primer nivel, el de la historia, para observar que hay ahí una serie de intertextualidades, como la selección de locaciones verdaderas en nuestro mundo y la referencia a sucesos y textos que existen o existieron fuera del universo ficcional: tales son los casos de Chang y Eng, dos hermanos oriundos de Siam que nacieron unidos en la parte media de sus cuerpos. Justo por ellos tenemos el término de hermanos siameses. También la mención de la capilla del Santo Madero en Parras, la historia del falsificador de arte Han Van Meegeren, el huracán Ismael que tocó las costas mexicanas en 1995, y la portada de la revista Playboy de septiembre de 1989 que, comprometido con mi quehacer como lector, me di a la tarea de conseguir para validar que, en efecto, en ella aparecen unas hermanas gemelas de atractivo singular. Estas intertextualidades, sumadas a todo lo ya comentado en los párrafos anteriores, comprenden el complejo entramado de esta obra, atravesada vertical y horizontalmente por la tesis que, a su vez, atraviesa el universo narrativo y vital de Vicente Alfonso: la realidad es una; sus interpretaciones infinitas.

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Adenda: el ensayista; la promesa

Hay dos temas que dejo sobre el tintero, pero que ojalá después tenga ocasión de trabajar: primero, la capacidad ensayística de Vicente Alfonso. Desde su primera novela me sorprendió agradablemente la manera como es capaz de tejer aforismos y micro-ensayos interesantes dentro de la narración, y no es porque otros novelistas (empezando por los clásicos) no lo hagan, sino porque con ello muestra, sin hacer aspavientos, manifiestos o afirmaciones pedantes sobre la inutilidad de los géneros narrativos, que incluso en las narraciones más sobrias cabe la hibridación genérica, siempre que ésta sea necesaria y sustancial para la obra. También me agrada porque es una muestra de que se puede aún hacer ensayo literario o ensayo creativo –que le dicen– sin renunciar a postular una idea y algunos argumentos con los cuales un lector pueda dialogar.

Finalmente y entendiendo que va a sonar un poco osado decirlo: creo que ésta es una gran novela de un autor maduro, pero estoy seguro que no será la mejor de sus novelas. Por lo que leo en él, por su potencia narrativa, por el compromiso que muestra para con su vocación, sé que vienen al menos un par más, y que entre lo venidero se encontrará su obra cumbre. Si se me permite una comparación, El luto humano, segunda novela de José Revueltas, publicada en 1943, fue la que le valió premios y el reconocimiento nacional; luego vendría Los días terrenales, que no se queda atrás, y sin embargo, es con Los errores, publicada hasta 1964, donde puede verse que Revueltas no era un gran narrador, sino uno monstruoso. Desgraciadamente, no se ha sabido valorar esa novela.

En fin: en la obra que he comentado aquí ya está todo Vicente Alfonso, un autor de altos registros que, atendiendo a la recomendación de Vicente Leñero, debemos leer y seguir de cerca, y en fin: hay que estar atentos también a sus siguientes libros, que seguramente tendrán la capacidad de impresionarnos, como lo ha hecho, al menos conmigo, Huesos de San Lorenzo.

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