De cómo Bob conoció a Juan Gabriel

La cosa está así: Bob lleva ya cinco años cabildeando para ganar el Nobel. Dinero por aquí, conciertos por acá… no sé, tal vez algunos regalitos íntimos al presidente de Suecia. En fin, lleva cinco años gastando millones de coronas suecas para obtener el galardón. No puedo entrar en detalles, juré guardar el secreto, pero ya que lo ha ganado, no tiene caso que me guarde cómo fue que mató a Juan Gabriel.

Ya el año pasado estaba seguro de ganarlo, todo estaba hecho, pero al final nada pasó, el premio se escurrió entre las cuerdas de su guitarra.

Este año, Bob estaba seguro de ganar. Lo escuché pavonearse en voz alta

—Zimmerman, reptiliano y masón, voy a ganar este y todos los años siguientes.

—Todavía queda una posibilidad de derrota, otro candidato, señor: Juan Gabriel.

—¿Quién?

—Juan Gabriel señor, una estrella mexicana que, según las redes sociales de su país, es un poeta en vida, un artista del tamaño de Elvis (metafórica y literalmente), una estrella tan incandescente que podría opacar al mismo sol.

—¿A Luis Miguel?

—Sí señor.

—Pues entonces sí está cabrón.

—¿Quiere que hagamos algo, señor?

—Lo mismo que con Joan Sebastian.

Bob tomó su guitarra y comenzó a afinarla mientras la ceremonia de ese jueves terminaba y el resto de los invitados nos terminábamos las copas de sangre de cordero.

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