Panegírico al resentimiento (o sobre la crítica literaria)

Los zorros usan muchos trucos. Los erizos, sólo uno. Pero es el mejor de todos.

Erasmo de Rotterdam

 

La crítica es la Helena de la literatura: todos buscan sus favores y a la vez se quejan de ella. Ha sido juzgada sin comprender sus motivos, raptada por los institutos cientificistas y las revistas indexadas, y provocadora de guerras siniestras entre literastros y doctos académicos. A ella, que era noble y de buenos sentimientos, algunos resentidos la tacharon de maniquea, de no tener rigor, ni sistematización y de ser meramente impresionista. Atenta escuchó lo que a sus espaldas decían e intentó mejorar, corregir sus faltas, ganarse la simpatía de los que la señalaban, y devino poco a poco en una hidra retórica y narcisista, a la que al paso, nunca faltan, le siguen saliendo nuevos  jueces molestos, Hércules medianos que buscan cortarle las cabezas con brillantes argumentos.

Para algunos la crítica literaria es el arte de elogiar a los amigos y soslayar a los enemigos y  su mayor preocupación, dicen, es destruir y no edificar. Reflexionemos, si este mecanismo del amigazgo y del aplauso mutuo, a través del cual se han formado los grupos representativos de la literatura patria, dejara de funcionar ¿habría manera de generar un canon literario? No veo otro modo de poder formar el catálogo de héroes de la literatura nacional si no es gracias al apoyo recíproco que se da entre los individuos que pertenecen a un grupúsculo y el desprecio y rechazo de aquellos que no. Por lo tanto, no creo que tal mecanismo ejercido por este tipo de  crítica deba cambiarse si tan bien ha funcionado a sus intereses y si tanto bien ha hecho a los estudios literarios.

Para otros Hércules, mucho más creativos, la crítica es labor de eunucos que han sido privados por los dioses de la posibilidad de engendrar. Pues sí, lo vemos a diario, el muchacho joven que quiere ser escritor trabaja todos los días empeñado en cultivar su ingenio sin lograrlo, y un buen día, consciente de su desgracia y de su imposibilidad, le llega la resignación. Entonces, vuelve a trabajar en lo que único que puede hacer: crítica literaria, que, como se sabe, es un discurso poco creativo y carente de autonomía, ya que no es sino la reacción esperada al diálogo propuesto por el otro, el Creador.

También se comenta que el crítico literario huele a azufre, pues se dedica a señalar con su dedo flamígero la literatura chatarra, y yo me pregunto ¿qué va a hacer entonces?, si se le demanda imperiosamente que abarque todo el escenario, no puede menos que hablar de lo que hay, con su poco ingenio no tiene manera de ponerse a inventar prodigios nada más para subsanar panoramas. Además, como dijo un día  Dámaso Alonso: “la crítica no puede invertir el declive de la cultura”.  Entonces, resignación.

Hay otros que de vez en cuando miran al crítico a los ojos, le apuntan con el mismo dedo flamígero y le exigen independencia, potencia y provocación. Pero ¿de qué manera?, si ya dejó olvidados en los verdes prados de la Arcadia aquellos ropajes de libertad e inocencia, y se sumó al dispositivo global de producción de saberes y teorías. El crítico es ahora un agente de esa red transnacional de universidades e instituciones del conocimiento que administran los recursos para la circulación de ideas y que agendan debates y coloquios internacionales.

Compréndase: no se le puede pedir libertad al crítico que ha entrado en el veloz proceso de la tecnocratización del pensamiento, y que, a cambio de la pertenencia, se le ha arrebatado no sólo su alma,  también su identidad. Por ejemplo, de la lista de lo que le está permitido se eliminó el uso de la primera persona, pues para la sociedad científica de las humanidades una idea no puede ser sostenida sólo por un individuo particular; eso resulta categóricamente degenerado. El crítico institucional debe adecuarse al soporte donde pretende exponer su escritura. Y para tener lugar en esta desproporcionada jerarquía de los centros y los institutos, debe mutar su rostro, su cuerpo y hasta el pensamiento para lograr parecerse a los otros, a los que están arriba y que, cuando quiere mirarlos pasar, debe alzar la cara y cubrirse con la palma de la mano para no ser ofuscado por su brillo.

Ante este panorama, los que no tenemos nada qué decir, ni qué hacer o de qué sentirnos inconformes, parece que sólo nos queda sentarnos en los verdes prados a contemplar cómo se perrea un libro, mientras los Hércules entablan sonoras peroratas contra la Hidra.

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