[NSFW] Proctoxxx

Cuento finalista del II Concurso Internacional de Relatos Pecaminosos Contacto Latino 2014 publicado en la antología Te veré en el clímax y otros relatos pecaminos. Pukiyari Editores, EE UU, 2014


 

Bastó que un compañero de trabajo lo albureara, para que Ervey emprendiera la búsqueda de modelos para un nuevo género pornográfico. Quizá lo que tenía en mente era algo muy ligero, pues el morbo de los amantes del porno empezaba con la contemplación del soft y el hardcore, que tras un tiempo les aburrían, hacia prácticas más atrevidas, como tríos, lesbianas, orgías, lolitas, maduras, blowjob, anal, doble penetración, doble penetración anal, ¡triple! penetración anal, ass to mouth, gangbang, creampie vaginal y anal, cum in mouth, swallowing, bondage, bukkake, fisting sencillo y doble, embarazadas, bisexuales, travestis, hermafroditas y enanos. Quizá el nuevo género en que pensaba incursionar no era tan extremo, pero creía haber descubierto un nicho poco explotado por los amantes de las prácticas inusuales: anal almorranado.

Carecía de experiencia en la producción de video. Sólo una vez se aventuró en la grabación y edición de eventos como actividad extra a su empleo de coordinador de tráfico en una compañía transportista en Ciudad Juárez, pero hizo tan mal trabajo en la boda de la hija del gerente al hacer tomas exageradas de su escote y trasero, que causó la rescisión de su contrato de planta. Esta experiencia, aunada a las malas referencias, lo desalentó de seguir en el negocio de la edición.

Pero ahora, colocado en otra empresa y próximo a salir de vacaciones, consideraba que era tiempo de sacar del abandono su cámara y equipo, ociosos desde hacía dos años.

Lo primero que hizo fue buscar en la red información sobre las hemorroides. Las fotografías de los diferentes grados de inflamación de las venas rectales le parecieron repulsivas, hasta el punto de cambiar el nombre a las de mayor gravedad, de almorranas a almosapos; pero se sobrepuso al vislumbrar la bonanza que ser pionero en el género le podría ofrecer, además de recordar que había cosas peores, como la zoofilia, los baños dorados y la coprofagia.

Para darse una idea de cómo luciría esa práctica sexual frente a la cámara, fue a comprar dos kilos de granadas. Partió por la mitad la primera. Vio algunas semillas desperdigadas sobre la mesa, las manchas de su jugo ensuciaban el mantel individual. La mayoría quedaron asidas al fruto, en frágil cohesión con las membranas blancas que ya le daban la idea de cómo luciría una eyaculación. Entonces juntó índice y cordial de la mano derecha y los clavó en las semillas, esperando que tronaran al contacto. Pero en vez de tronar, la mayoría de ellas se desprendieron, sin más efecto que manchar sus dedos cada vez que embestían con mayor fuerza y rapidez.

Probó entonces con la segunda. A esta no la partió por la mitad, sólo le hizo una perforación lo suficientemente estrecha como para que su índice penetrara con cierto esfuerzo. Al hacerlo, sintió a su dedo deslizándose entre las semillas, causando un efecto de masaje que le resultó placentero. No logró sentir si una de las semillas estallaba, pero de hacerlo, estaba seguro, lo haría adentro de la granada, lo que en términos filmográficos significaba fuera del rango de captura de la cámara. En vez de eso, las paredes de la granada se agrietaron y cedieron en una explosión de rubíes traslúcidos. «Esto más bien parece squirting».

Tras su fracaso al simular ese acto con fruta, decidió que buscaría prostitutas que quisieran ser actrices; y entre ellas, debía buscar a quienes padecieran de hemorroides. No sería fácil, pues además de convencerlas de aceptar esa práctica, debía persuadirlas a dejarse filmar. Sólo contaba con una cámara, por lo que tendría que hacer pausas durante la filmación para hacer tomas de sus gestos al penetrarlas y acercamientos de su pene en el ano, en una serie de interrupciones y repeticiones que desesperarían a más de una actriz profesional.

Eso sí: en los videos de Ervey, las protagonistas serían ellas, pero quien complementaría su actuación sería él, en una suerte de pornografía tipo gonzo, no tanto por querer participar en las escenas o involucrar al espectador en ellas como por el deseo de ahorrar el sueldo de un actor, por muy improvisado y poco fotogénico que pudiera ser. Este deseo de ahorro lo llevó a preguntarse qué tanto debía pagarles a esas mujeres, sobre todo porque no tenía la menor idea de cuánto ganaba una actriz. ¿Mil dólares? Era mucho, sobre todo porque estaban en México y no eran profesionales. Pero luego, precisamente por no serlo, pedirían un pago mejor, con el argumento de que estarían haciendo cosas más allá de las que suelen hacer con los clientes; sin faltar aquella mujer instruida que exigiría su derecho a un pago justo por el uso de su imagen.

Al final decidió prepararse con mil dólares, de los cuales estuvo dispuesto a pagar sólo quinientos, dejando el resto como reserva por si una de las chicas se ponía rejega. Se valió de los avisos clasificados de los diarios de la ciudad para emprender su primer reclutamiento, esperanzado en encontrar alguna mujer que cumpliera con el perfil, al menos el que a él le gustaba: alta, delgada, blanca de piel y cabello negro. Al principio era bastante exigente en cuanto a las características físicas de las actrices a escoger. No es que prefiriera a cierto tipo de mujer en detrimento de las demás, pues de todas le gustaban todas, desde esqueléticas hasta gordibuenas, pero para fines de imagen, prefería a las de su tipo; hasta que comprendió que había gustos para todos y relajó sus exigencias para dar cabida también a las skinny, petite, y obesas mórbidas. Aunque estas últimas no le gustaban, estaba dispuesto a hacer una excepción, pues era en este coto de prospectos donde cabía la mayor posibilidad de encontrar mujeres con almorranas.

Tomó pues el aviso clasificado del vespertino PM, y revisó los anuncios para adultos. Escogió aquellos de masajes a domicilio, poniendo especial atención en los que incluían una supuesta foto real de la prestadora del servicio y las prácticas que ofrecía. Eligió llamar a Masajes Lía, seducido por su publicidad y las nalgas redondas, bronceadas como duraznos maduros, que ofertaba junto a las palabras vaginal, oral y anal, así como la promesa de ser una chava “nada sangrona”.

Aunque Lía sí fue de trato amable, no aceptó filmar la escena porno. Además, no padecía de hemorroides, por lo que la relación entre ambos se limitó al puro sexo, felación y sodomía incluidas. El encuentro fue de descubrimiento para Ervey, quien nunca había penetrado a una mujer por atrás: cierta resistencia natural del cuerpo a pesar de la disposición de Lía, último intento del pequeño sumidero estriado, del mismo color aduraznado de las nalgas, para evitar la entrada de Ervey, quien por primera vez experimentaba la sensación de romper lo que alguien más ya había roto, de abrirse paso a través de la carne y sentir cómo las paredes del ano se amoldaban a su pene grueso, no circuncidado.

Al final, terminó en el condón. Ni siquiera preguntó a la muchacha si podía acabar en otra parte, a pesar de que el anuncio también incluía la frase “Termina donde quieras”.

A la semana siguiente, llamó a Masajes Rubí, cuyo nombre le hizo recordar la explosión de semillas de granada bajo el empuje de su índice. Se preguntaba si la masajista sería como Bárbara Mori en la telenovela del mismo nombre, pero cuando se encontró con ella en un motel, se dio cuenta que cuatrocientos pesos no alcanzaban para tanto. Su ano tenía uno de los pliegues más abultado que el resto, en lo que semejaba un sobrante de piel que desde cierto ángulo parecía cubrir el orificio en una especie de tapón natural que se traslapaba con el centro, y al cual había que apartar de un garnuchazo. No era una visión mala, es decir, antiestética, pero para los fines cinematográficos que Ervey perseguía, era poco útil, pues su recto estaba sano. Además, Rubí no accedió a tener sexo anal. «Sí, en el anuncio decía, mi’jo, pero eso lo hace otra de las morras que trabajan conmigo, yo no».

Pasó una nueva semana, y Ervey, harto de cargar con su cámara y su equipo de iluminación para todos lados, citó en su casa a Ivana, otra chica que se anunciaba en el periódico como una “morena de fuego, voluptuosa y ardiente”. Al entrar ambos a la recámara, Ivana vio los trípodes, las pantallas y demás equipo de video, pero no supuso que Ervey fuera a proponerle grabar una película porno hasta que lo hizo, a lo cual no se negó. «Nomás préstame un antifaz, mi’jo, para que no se me vea la cara». Ervey no estuvo de acuerdo con esa muestra de pudor, que más bien era de miedo a ser descubierta por conocidos de su entorno inmediato y ante la negativa de Ivana, no tuvo más remedio que suspender la grabación y limitarse sólo a tener sexo con ella. Poco antes de penetrarla, se fijó en sus labios vaginales, de una coloración más oscura que el resto de su piel, más morena, y los pliegues del ano, largos, abundantes y extensos, parecían anudarse en su desembocadura, como la ropa cuando se exprime a mano después de lavar.

A medida que pasaban las semanas, la falta de una sola escena filmada iba mermando el entusiasmo inicial. Los gastos se acumulaban, y de los mil dólares que tenía ahorrados sólo quedaban seiscientos. Las masajistas no le resultaban muy caras, pero pagar a una tras otra sólo para descubrir que no tenían hemorroides y aun así tener sexo con ellas, lo desviaba de su objetivo. Además, a la mayoría de las chicas las transportaba un chofer, encargado de su seguridad, por lo que los encuentros estaban limitados a una hora, tiempo insuficiente para grabar con una sola cámara, sin asistentes y con repeticiones continuas.

Una noche tomó su carro y se dirigió al centro de la ciudad. Largos años de ausencia en la zona lo hicieron desconocerla al volver a ella, con sus edificios abandonados, muchos de ellos en ruinas, y extensos lotes baldíos donde antes había cantinas, burdeles y hoteles de paso. Se dio cuenta que la mayoría de las mujeres se habían cambiado hacia otro rumbo, a la calle De la Paz, pues la demolición de los edificios correspondía a un esfuerzo fallido de diferentes gobiernos municipales para cambiar la imagen del vetusto centro de la ciudad y erradicar la prostitución.

Fue entonces a la otra zona de tolerancia. Casi amanecía. Los trasnochadores habían desaparecido de las calles, y con ellos, las trabajadoras sexuales que tomaban un taxi para volver a sus casas o se recluían en los cuartuchos de los hoteles en que trabajaban, sabedoras de que no tenía caso esperar clientes. Al ver las avenidas principales casi desiertas, tuvo que apearse para explorar la zona peatonal, en la que sabía de la existencia de algunos lugares donde podía encontrar prostitutas. Por su apariencia física y lo populoso del rumbo en que trabajaban, a esas mujeres se les conocía como “las de cinco pesos”, debido a que eso era lo que cobraban, pero no por ir al cuarto, sino por bailar una cumbia o norteña con los parroquianos de los muchos tugurios esparcidos por el lugar.

Encontró dos prostíbulos que funcionaban en antiguas vecindades: Casa de Huéspedes París, y Casa de Huéspedes El Palmito. Afuera de la segunda vio a Irma, la única mujer disponible en esa zona, que de día era de comercio fijo y ambulante, con puestos de comida y discos piratas. Irma cobraría doscientos pesos, la mitad que las masajistas, pero Ervey consideró que realmente debía cobrar mucho menos, tal vez tan poco como los cinco pesos que, en tono de broma, se decía que cobraban las mujeres del lugar. Irma era alta, de cabello hasta los hombros, ensortijado y escaso. Se había dejado crecer los rizos desde la coronilla en un intento por cubrir su falta de cabello en el resto de la cabeza. Su boca se veía pequeña, apretujada por sus dos mejillas prominentes, que de paso, abultaban alrededor de los ojos. Sus senos no sobresalían en su pecho, que parecía fundirse en una sola pieza con la grande barriga que la hacía caminar  panda, desgarbada, con el trasero sumido. Vestía falda-pantalón amplia, y su calzado era de piso, para aguantar largas horas de pie. Una vez acordada la cantidad, Ervey la siguió al interior de El Palmito.

La idea que tenía de una casa de huéspedes era la de un albergue para viajeros que rentaban un cuarto por noche, semana o mes, cuya tarifa incluía las comidas y en donde había cierto orden y limpieza. Pero lo que vio fue un corto zaguán que conducía a un patio estrecho, alrededor del cual estaban las habitaciones. En una esquina había un lavadero de cemento, junto a un maloliente cuartito de madera que Ervey supuso era el baño.

Entraron a uno de los cuartos. La puerta cerraba por dentro con una aldaba. Junto a la cama con el colchón deformado había un buró, y sobre este, una palangana con agua y un rollo de papel sanitario.

—¿Sí me pagas, mi´jo? —su voz era fuerte, ronca, gutural, en perfecta correspondencia con su imagen.

Tras recibir el dinero, la mujer comenzó a desnudarse, de la cintura para abajo. Ervey apenas se desabrochaba el cinturón, cuando se detuvo a preguntarle si estaría dispuesta a que se lo hiciera por atrás.

—No mi’jo, por atrás no —respondió Irma, entre risas—. Por ahí nomás le gusta a los jotos, ¡wojojojojojoyjojojoy!

La carcajada de Irma era tan característica de ella como su voz, pero a Ervey no le hacía ninguna gracia, pues comenzaba a creer que había sido un error entrar al cuarto con ella.

—Además, por ahí no, porque tengo almorranas… ¿quieres ver?

No. No quería. Ya no quería. Pero antes de que Ervey pudiera decir algo, Irma ya se había bajado las bragas hasta las rodillas e hincado sobre el colchón. Con sus manos de uñas rojas, carcomidas por largas horas de aburrimiento en espera de clientes, se abrió la nalgas.

La impresión fue devastadora. Una sola ojeada, de lejos, casi subrepticia, bastó para que tuviera el efecto de un golpe, de un sobresalto. Ervey se estremeció, se volvió hacia otro lado y cerró los ojos con una mueca similar a la que se hace cuando se chupa limón. Casi vuelve el estómago con la tos y los espasmos sufridos al percibir el tufo de Irma. Sus intenciones de incursionar en el porno se fueron con la vista de esas hemorroides. Ignoraba a qué grado de inflamación correspondían, si al primero, segundo, tercero o cuarto; pero a Ervey le pareció que en ese ano se aglomeraban todos los grados a la vez. Se le figuró que las venas rectales estaban a punto de explotar, y que de hacerlo, explotarían hacia él.

—Discúlpame… Creo que mejor ya me voy.

—¿Por qué, chiquito? ¿Te dio miedo? ¡Wojojojojoyjojojoy!

Mientras Ervey se abrochaba el cinto, Irma se quitó por completo la ropa interior y se recostó de espaldas sobre la cama, con las piernas abiertas.

—Por atrás no, pero por aquí luego, luego, mi’jo. ¿Cómo ves?

Ervey tenía la costumbre de siempre mirar a quien le hablaba, por lo que no pudo evadir la visión del sexo de Irma: grande, sin depilar, ni siquiera el triángulo para el biquini —aunque era poco probable que existiera un biquini de tales dimensiones. Tenía los vellos húmedos, brillantes de sudor, esparcidos por las ingles y parte de los muslos, con una viscosidad que hacía hebras de líquido colgante.

—Vente, chiquito, ándale. ¿O qué, no se te antoja? ¡Wojojojojoyjojojoy! Anímate, al cabo no tiene dientes…

Pues nomás eso le falta… pensó Ervey, quien de pronto imaginó que entrar ahí equivaldría a ser devorado por el monstruo de las películas de Alien.

—Discúlpame, de veras. Es que me empecé a sentir mal. Quédate con el dinero, no hay bronca —respondió él, para luego abandonar el cuarto a veloces zancadas.

⨳⨳⨳

Y fue así como terminó la aventura pornográfica de Ervey, quien esa misma noche, para quitarse el mal sabor de boca ‒o la mala visión de los ojos‒, llevó su personalidad parecida a la del futbolista Rafa Márquez a las calles cercanas al Gimnasio Municipal, estacionó su auto junto a una rubia delgadita que resultó ser una estadounidense que cobraba en pesos ‒cuando lo más lógico sería que las mexicanas cruzaran la frontera para cobrar en dólares‒, misma que haciendo constar la fama de liberales de las anglosajonas, sí estuvo dispuesta a practicar todo tipo de aberraciones mediante el previo pago, y quien además de no tener hemorroides tenía el culito más lindo del mundo: sonrosado, pequeño, con cinco pliegues que parecían formar una estrella y del cual Ervey quedó prendado. Luego, quedar prendado lo hizo frecuentar más a esa mujer, y frecuentarla más lo llevó a enamorarse de ella y de su físico tipo Heather Locklear, hasta el grado de estar dispuesto a luchar para sacarla de esa vida.

Pero estas últimas son peripecias de otra historia.

 

 

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