La marcha mal lograda – crónica del primer amotinamiento popular en Ciudad Juárez

Para ser veinte de noviembre, la mañana era muy calurosa; había sobrados motivos para que el calor se extendiera bastante entrado el otoño, pues el verano había sido muy ardiente, tanto en el sentido real de la temperatura, como en el sentido figurado de dos eventos ocurridos en México; primero, la Copa Mundial de Futbol en nuestro país, y segundo, las disputadas y polémicas elecciones para gobernador y presidente municipal en varios estados, entre ellos, Chihuahua, donde las acusaciones de fraude y la lucha por la democracia subían gradualmente su intensidad.

Mientras el calendario indicaba que 1986 se acercaba a su fin, para mí recién habían comenzado mis estudios en la preparatoria de El Chamizal, y por primera vez iba a participar en un desfile. La fecha a celebrar era el aniversario de la Revolución Mexicana, pues el desfile del Día de la Independencia, dos meses antes, era más solemne y por ello su marcha se encomendaba a los alumnos de tercer año, con mayor experiencia en esos menesteres. Participar en el desfile de manera “voluntaria” nos haría acreedores a un punto extra en nuestra calificación, pero si no acudíamos, entonces lo voluntario se volvería obligatorio y se nos descontaría un punto.

Todos los alumnos de primer semestre estábamos ahí, con nuestro uniforme deportivo, en formación perfecta: columnas ordenadas por sexo y estatura. Los hombres complementábamos nuestra vestimenta con unos cuadros de cartón forrados con papel metálico que sosteníamos en nuestras manos, mientras las mujeres animarían su participación con motas grises y azules, colores de nuestro uniforme y escuela. Los maestros de educación física, dirigían el desfile en una mala imitación de la voz de un militar.

—Izquierdo, izquierdo, uno, dos, uno, dos, izquierdo…

Nuestro punto de reunión fue el estadio 20 de Noviembre, ubicado junto al Parque Borunda, en donde también se encuentra el vetusto edificio de la Secundaria Federal No. 1 que alguna vez albergó, hacía entonces 50 años, a nuestra flamante y prestigiada preparatoria. Estuvimos puntuales a las ocho de la mañana, para formarnos y ensayar las rutinas que haríamos con los cartones y las motas, pero el número de escuelas que participarían antes que nosotros hizo que el contingente fuera numeroso y tardáramos en salir. Poco a poco comenzó a doler la planta de los pies, el calor creciente nos obligó a abrir la cremallera de las sudaderas y nuestras corvas clamaban porque nos sentásemos, o al menos, flexionásemos las piernas. Nuestros maestros, quienes nos habían ordenado permanecer en la posición de firmes, reprendían cualquier intento por sentarnos con una fuerte llamada de atención, advirtiéndonos que ya mero nos tocaba, que estuviéramos listos. Pero el tiempo trascurría sin que nosotros avanzáramos un solo metro. Al poco tiempo, ellos también relajaron la disciplina, y cuando menos pensaron la formación se deformó, creando pequeños grupos de alumnos platicadores.

Entonces al fin, a las once la mañana, luego de tres horas en el césped de la cancha y bajo un sol que calentaba como plancha nuestra ropa, salimos del estadio. El movimiento nos dio una leve sensación de frescura. Marchábamos en silencio. Las únicas voces que escuchábamos eran las de nuestros maestros: “Paso redoblado… ¡ya! Uno, dos, uno, dos… vuelta a la derecha… ¡Ya! Uno, dos, uno, dos, izquierdo, izquierdo, izquierdo”.

Cuando nuestro contingente apenas había avanzado cien metros, hasta el frente de la secundaria, tuvimos que detenernos. Pausas como esa indicaban que cada escuela rompía su formación de vez en vez para presentar a un equipo de porristas o un acto de acrobacia, ejercicios de calistenia, tablas gimnásticas, o cualquier otra demostración de destreza y agilidad con piruetas, maromas y “saltos de tigre”. Debido a la proximidad con el punto de partida no había público que nos viera desfilar, pero el ánimo por estar ya en la avenida 16 de Septiembre rumbo al centro de la ciudad, hizo que se nos olvidara el cansancio.

La pausa comenzó a parecernos demasiado larga para ser una demostración acrobática. Sin embargo, permanecimos en nuestro lugar, desesperados por nuestro poco avance, al tiempo que en nuestro cuerpo se reflejaban otra vez los efectos de la inmovilidad de hacía unos minutos. Todos estábamos en silencio. Las bandas de guerra callaron, y comenzó a soplar un vientecillo sordo que sentíamos más que lo que lo escuchábamos. Incluso el sol parecía guardar silencio, como si contuviera el aliento.

Entonces la perfecta formación de las escuelas que salieron antes que nosotros se rompió. Pero esta vez no fue por la calistenia, ni por las coreografías gimnásticas, por los saltos de tigre o las maromas, sino por la gente que corría como agua derramada hacia nosotros, entre griterío de mujeres y el asombro de nuestros maestros.

 “¡Súbanse a la banqueta!”, ordenaron alarmados, buscando minimizar el riesgo de un atropellamiento. Todos los estudiantes nos replegamos hacia las aceras con gran expectación, sin saber exactamente qué podría ser lo que esperábamos ver. Pero no pasó nada.

Los maestros dieron entonces la orden de volvernos a formar, pero nada quedaba ya del orden inicial. Lo que estuviera ocurriendo entonces, nos agarró fríos. Aun así, había la intención de seguir, sólo esperábamos ver avanzar los contingentes que nos antecedían para hacer lo propio.

Pero en vez de eso, los vimos replegarse de nuevo, con el mismo ruido y gritería, como si el anterior rompimiento de filas fuera la repetición de una escena grabada en video. Los maestros nos indicaron entonces apartarnos de la avenida, y reunirnos en una calle adyacente. Ahí nos dieron un boleto con una rúbrica, comprobante de nuestra asistencia al desfile y moneda de cambio para nuestro punto extra.

—Ya se acabó el desfile —agregó uno de ellos, mientras repartía papelitos a los arremolinados estudiantes—, váyanse directo a sus casas.

Mientras extendíamos nuestras manos para recibir el boleto, apenas pudo sugerir, ya sin ningún tono marcial:

—No se les ocurra ir a ver…

Y ya sabemos qué suelen hacer los adolescentes con los consejos, sobre todo cuando son consejos que no piden.

Caminamos pues hacia el centro por la Avenida 16 de septiembre, a contracorriente de unos, y en compañía espontánea de otros. La basura de las calles, papeles multicolores, y algunos vasos desechables con restos de agua de sabor, parecían el remanente de una fiesta. Los autos aún no circulaban por la avenida, bloqueada en sus accesos por las nuevas patrullas de policía modelo Topaz, apenas usadas en la capital del país durante las tres semanas que duró el Mundial, y que desde hacía unos meses circulaban por las calles de Ciudad Juárez, sufriendo las altas revoluciones del motor a que las sometían los agentes policiacos que no sabían usar transmisión manual.

Cuando cruzamos por la calle 5 de Mayo, sede del Partido Acción Nacional, nos enteramos entonces de los hechos: los panistas que protestaban contra el fraude electoral se habían agregado al contingente, en un intento por llegar al palco donde Jaime Bermúdez, presidente municipal emanado del Partido Revolucionario Institucional y principal blanco de las acusaciones, contemplaba el desfile. Cuando intervino la policía, los panistas se sentaron en el pavimento para impedir su desalojo. Al final debieron haberlos arrestado, pues la zona lucía despejada a nuestro paso, como si no hubiera ocurrido nada.

Seguimos caminando, y al llegar a la calle Lerdo, exactamente afuera del cine Variedades, había una valla de policías. Frente a ellos, una multitud reunida por la curiosidad. Todos contemplábamos a la distancia de tres cuadras el enfrentamiento entre autoridades y civiles, a la altura de Catedral. Las granadas de gas lacrimógeno volaban en todas direcciones, como serpentinas que se arrojan en las fiestas.

 “Váyanse a sus casas, señores, el desfile ya se acabó”; decía algún mando de la policía, a través del altavoz de su camioneta patrulla. “Por favor, señores, se suspendió el desfile, no hay nada que ver aquí”.

Pero nadie se movía. No sé cuántos exhortos hizo la autoridad para que dejáramos el lugar, pero a cada uno de ellos respondíamos con mutismo curioso en lugar de obediencia. Yo conté el tercer llamado por altavoz cuando las granadas de gas comenzaron a volar, ahora hacia nosotros, sin previa advertencia.

Echamos a correr. Olvidé por un momento a mis compañeros de clase. Una granada humeante cayó a los pies de otro joven que también corría, quien al verla, comenzó a patearla entre gritos divertidos, como si fuera un balón de futbol. Salí de la avenida y di vuelta en la Lerdo, donde esperé un poco a que se dispersara el gas, aunque en realidad ignoraba cuánto tiempo iba a tomarme volver a la avenida de forma segura.

Cuando lo estimé conveniente, regresé a la 16 de Septiembre. Contra lo esperado, no había efecto alguno en el aire, y la valla de policías se había reubicado una cuadra más adelante. Algunas personas protestaban, otras iban detenidas por  policías que las llevaban en vilo. Atrás y lejos, caía detenido Gustavo Elizondo, excandidato por el PAN a la presidencia municipal; la camioneta patrulla donde lo arrestaron pasó junto a mí, pude escuchar cómo golpeaba el camper metálico desde adentro.

Conforme avancé a la avenida Francisco Villa, o Ferrocarril, como se le llama también por la presencia de rieles, el gas comenzó a calar en los ojos. A pesar de ello, en los escalones del puente para saltar el tren, había un número no determinado de mirones. No participaban en la trifulca, no tomaban partido, sólo miraban. Fue entre ellos donde encontré a El Cholo, uno de mis compañeros de clase, quien cómodamente sentado en uno de los escalones y con ojos llorosos, se burlaba de mi situación, que también era suya: “no llores, Juan Carlos, o me harás llorar a mí también”.

La valla policiaca estaba ahora a escasos metros de la avenida Juárez, donde comienza el edificio de la antigua Aduana. Mucha de la gente que había estado en la valla del cine Variedades protestaba por el embate sufrido para dispersarnos, y amagaba con marchar hacia la comandancia para expresar su inconformidad. En eso se acercó un hombre en silla de ruedas. Lanzaba puñetazos como si peleara con un enemigo invisible, o como si hiciera sombra en un entrenamiento de box. Llegó hasta la primera fila. Cuando lanzó sus últimos golpes al aire, dio media vuelta y, antes de alejarse, gritó: “¡Chinguen a su madre todos los policías!”

Estos últimos, como si respondieran a la agresión verbal, lanzaron otra vez granadas de gas contra nosotros. Ahora corrí hacia la calle Ferrocarril, indeciso entre irme a mi casa o seguir ahí, para ver qué más ocurría. Y es que, como escribió un reportero de El Fronterizo: “el espectáculo era novedoso y había de todo”.

Y vaya que había de todo: poco antes de doblar la esquina para volver a la zona de la ex Aduana, vi a un hombre que cargaba sobre su hombro derecho un pesado televisor que apenas le permitía correr sin perder el equilibrio. Al dar vuelta en la esquina, comprendí de dónde había salido: la tienda Casa de Música de Luxe, especializada en discos y electrónica, tenía el cristal del aparador hecho añicos. No había un solo artículo de electrónica en exhibición. La gente, aprovechando el caos, había roto el cristal y cargado con la mercancía. “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

Del interior de esa misma tienda, salió un rescatista de la Cruz Roja cargando a un niño de brazos afectado por el gas, y tras él, un hombre siguiéndolo a toda prisa. “Vámonos compita, vámonos”. Enfrente, en la zapatería 3 Hermanos, la gente salía de los pasillos con aparadores. ”¡Ay, oiga, estuvo muy feo! Nomás oímos que gritaron: ¡ahí vienen los policías!, y nos metimos porque esos agarran parejo”.

Esperaba encontrar más adelante otra valla, como había sucedido momentos antes, pero ya no había. Ahora, policías y civiles corrían por las calles, en todas direcciones, persiguiéndose unos a otros. Las patrullas Topaz recorrían el centro con la sirena encendida y su característico sonido de dos tonos, distinto a las sirenas que acostumbrábamos escuchar. Hice un rodeo completo a una manzana para salir otra vez a la calle Francisco Villa, y al caminar por el camellón, una patrulla se detuvo junto a mí. De ella descendió una pareja de policías, con el revólver en alto. Por un momento creí que la cosa era conmigo, pero luego vi a un grupo de amotinados que corría hacia nosotros. Los policías volvieron al auto patrulla justo antes de que varias piedras rebotaran en la carrocería y el parabrisas.

Cuando se alejó esa patrulla, en sentido contrario, se escuchó el ulular de otra sirena. “¡Allá va otra!”, gritaron los amotinados, y una nueva lluvia de piedras cayó sobre ella. A esta sí le quebraron el parabrisas.

Por la misma calle Francisco Villa, una ambulancia estuvo a punto de pasar por encima de un transeúnte desmayado. Fue el oportuno aviso de otro ciudadano, quien evitó con señas la tragedia. Un fotógrafo de prensa capturó la imagen.

Conforme pasaba el tiempo, la batalla callejera amainó. Parecía como si el calor de medio día, paradójicamente, enfriara los ánimos en vez de caldearlos. Lo último que vi en las calles, fue a varias camionetas de la policía que se acercaron al puente peatonal, y a golpes de tolete arrestaron a los mirones cuya única falta había sido sentarse a disfrutar de la batalla. Sólo hasta entonces se normalizó el tráfico, y los vehículos, que parecían rodar con timidez, comenzaron a recorrer la avenida.

Pero mi curiosidad no terminó ahí. Caminé casi un kilómetro hacia el poniente, hasta la calle Oro, donde se encuentra la famosa Cárcel de Piedra. Esperaba ver más enfrentamientos,  pero nada ocurría ya. Los policías departían afuera del edificio, tomaban un refresco o comían un burrito afuera de una tienda de abarrotes frente a la entrada de vehículos, narraban su experiencia con el alarde y entusiasmo de quienes son vencedores. “…Y luego, a uno le di con la tonfa en la mera jeta…”, “…nomás lo aventé pa´dentro de la camper, y se rompió el hocico…”, “…a mí ya se me hacía que los pedradones traspasaban el vidrio de la patrulla, pero en eso llegaron ustedes a hacer el paro…”

Viendo el final feliz de la historia, decidí alejarme de ahí, y volver a mi casa. Tenía la impresión de que después de esto habría una nueva revolución, que el Partido Acción Nacional encabezaría un movimiento armado en pos de la democracia, que aprovecharía la disposición del pueblo a respaldarlo, harto de casi sesenta años de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional. Pero fuera de algunas marchas y bloqueos a los puentes internacionales, la resistencia no pasó de algunos encendidos discursos en sus mítines. Encendidos, pero no incendiarios, no beligerantes, pues en caso de una conflagración ellos también tendrían algo que perder, si es que acaso no lo tenían ya. Al final, el tiempo demostraría que todo su movimiento por la democracia primero, y después la alternancia en el poder, culminó sólo en la vulgar conquista de una tajada del enorme, saqueado y, también, noble pastel que es México.

En cuanto a mí, ese fue mi primero y único desfile.

 

(Visited 198 times, 1 visits today)

Related Post

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario