un acercamiento al MECA

Los méritos imaginarios

 

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El Macro Espacio para la Cultura y las Artes (MECA), es un proyecto del gobierno del estado de Aguascalientes (2010 – 2016) que consiste en apropiarse de los antiguos talleres del ferrocarril para convertirlos en un espacio cultural de casi noventa hectáreas. Ahí veremos reunidos un nuevo museo —el Museo Espacio (ME)—, un auditorio, la Universidad de las Artes, y próximamente un taller de gráfica, una sala de conciertos y un centro de convenciones. Si juzgamos esta parte del plan, hay que decir que Aguascalientes contará con una extraordinaria infraestructura cultural. Pero a tan sólo unos metros de distancia, una de las obras anunciadas con estruendo por parte del gobierno anterior (2004 – 2010), el Hospital Hidalgo, que sigue sin funcionar porque no se ha terminado su construcción, parece presagiar el destino del MECA, en el caso de que las siguientes administraciones sientan antipatía por el proyecto, o en el caso de que las ideas no den para llenar las noventa hectáreas de forma.
El nombre MECA es entretenido por un rato, pero no para tomar en serio los divertimentos u ocurrencias que de ahí surjan. No obstante, la clase política se ha divertido de más al mencionar que Aguascalientes es la Meca del arte. Falso, desde luego, en tanto que el espacio aún no ha construido su propia historia. En analogía, el gobierno está construyendo un cuerpo cultural, pero sólo ha presentado el rostro, y eso le ha bastado para presumir su aparente belleza. Vanidad. Una de las acepciones de vano, justamente, es vacío, tal como la primera apreciación que tenemos del cerebro del MECA. Ofrezcamos algunas curiosidades para entender qué tan incipiente es este proyecto: hasta ahora no se ha presentado públicamente quién es el curador, quién el director; cómo va a funcionar, bajo qué criterios; cómo se concursarán las plazas; cómo se va a financiar; cuál es el acervo; dónde se puede consultar el catálogo; quién lo ha ordenado; qué nos garantiza que los próximos gobiernos lo vean con buenos ojos; cada cuándo habrá exposiciones; qué con las exposiciones temporales; cuánto nos va a costar mantenerlo; cuál va a ser su vocación en relación con el resto de los museos del estado; cómo dialoga un centro de convenciones con un museo, una universidad, una sala de conciertos; qué criterios debe reunir un artista para exponer ahí; cómo se van a pagar las ocurrencias de los artistas dentro del museo. Citemos, en síntesis, el problema: la opacidad.

Lo que es muy claro es que la personalidad del MECA se empieza a perfilar. El 29 de enero, el ME abrió sus puertas por primera vez para inaugurar la exposición Relámpagos sobre México de Janis Kounellis. Su curador: Bruno Corá. El 30 y 31 de enero, a unos pasos del ME, en el Salón de Usos Múltiples del MECA, varios de los más afamados teóricos del mundo del arte se congregaron en el simposio intitulado El drama de la forma, para dar cuenta, según la información del gobierno del estado, “del statement más profundo de la carrera de Jannis Kounellis.” Las mesas de reflexión también fueron curadas por Corá. En resumen: el pretexto de las mesas de discusión fue la obra de Kounellis; el pretexto de exponer a Kounellis fue inaugurar el ME; el pretexto de inaugurar el ME fue la presentación del MECA.

 

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Hablar sobre la inauguración es dar cuenta de un festejo, no de una celebración. Fiesta: jolgorio; celebrar: acto solemne. De modo que lo que captura mi atención es un detalle de El drama de la forma. Como cualquier congreso, tuvo sus reflexiones interesantes, como la charla de Nicolas Bourriaud, pero también sus asuntos cuestionables. Me centraré en sólo uno de ellos. En su intervención, Guillermo Santamarina invitó al MECA a no olvidarse de sus artistas locales.

Comparto su opinión, y por ello lamento que ni un artista, ni un intelectual, ni un gestor de la región centro-occidente del país participaran en el concierto de El drama de la forma. José Jiménez mencionó que los ponentes extranjeros habían llegado ahí con una actitud respetuosa tanto para al país como para al estado. Cierto, pero tenemos que decir que vinieron a escucharse y a ser escuchados. Podrán contradecirme y mencionar que se abrió –a veces; las menos, por cierto- el espacio para preguntas y respuestas por parte del público. Diría, entonces, que hay una enorme diferencia entre formular un cuestionamiento oral en muy pocos segundos, y presentar una rigurosa ponencia de treinta o cuarenta minutos.

Tengo la impresión de que los planteamientos teóricos que se pronunciaron en El drama de la forma, no son desconocidos por los que ahí intervinieron, en tanto que provienen de centros, no de periferias, como es el caso de Aguascalientes. Digamos que una fracción del mundo del arte se pensó en Aguascalientes, pero no desde Aguascalientes -o desde Jalisco o desde Zacatecas-. No quisiera que esto lo entendiéramos como si la región centro-occidente, a la que pertenece el MECA, tuviera un pensamiento propio u homogéneo. Digo que las formas de pensamiento están acompañadas de vicios, virtudes, problemas de un contexto.

Entendamos pensar desde Aguascalientes, como pensar con las carencias y las necesidades, la historia y la estética del estado. Por tanto, que los teóricos estuvieran en Aguascalientes, se puede entender como un gesto que está muy cerca de las acciones religiosas de los evangelizadores o de los conquistadores. Es decir, nosotros nos quedamos con un colonialismo de la reflexión estética; y ellos con una reflexión turística de la región. Dejar de ver cierta arrogancia en la organización de las mesas, es no ver las cosas con claridad.
Ya como presentador, ya como conferencista, Corá no dejó de tener los reflectores en El drama de la forma. Después de su conferencia, que fue la primera, jamás abandonó el escenario. Se le veía tomar apuntes y tomar agua, pero lo que más disfrutaba tomar era el micrófono. Quien llegara sin saber qué estaba pasando en el escenario, no tendría duda en afirmar que las mesas de reflexión eran una excusa para que a Corá no se le dejara de ver. Claro, vanidad. En su favor, digamos que fue una vanidad que no interrumpió el discurrir del resto de los expositores. Pero no fue la única muestra de esta cuestionable actitud. Un sinónimo de “vanidad” es arrogancia. Leamos la presunción con que fue anunciado El drama de la forma y Relámpagos sobre México:

El hecho de reunir a todas estas personalidades al mismo tiempo y en torno a una exhibición hecha ex profeso para hacer una reflexión y acción crítica dirigida a recuperar una percepción auténtica del arte en el ámbito del desarrollo cultural y social en proceso, se considera que lo que va a suceder en Aguascalientes al inicio del año 2016 será el evento artístico-intelectual más importante de los últimos 50 años en el mundo.

Esta arrogancia sí es molesta e innecesaria. Recordemos a Kant: “El arrogante está lleno de méritos imaginarios y se preocupa poco por obtener el aplauso de los demás; su comportamiento es rígido y altanero.” Quienes asistimos, sabemos que fue un simposio interesante, pero en definitiva no va a transformar nada en el mundo, ni en el mundo del arte. Una forma de aproximarnos a esta conclusión es que los organizadores impidieron pensar otros temas, propios de un contexto periférico, en relación con los temas de un contexto central. Ese diálogo fue bloqueado. De haberlo facilitado, se hubiera abonado a las constantes discusiones que hay sobre el arte en un mundo globalizado, y con seguridad nos hubiera dado una idea de qué tan próximos o lejanos estamos de otros discursos.
La verdadera celebración del arte es la conversación. ¿Qué desearíamos que siguiera en el ME, en el MECA? Enunciémoslo con sencillez: ideas. Más preciso: buenas ideas; y una excelente idea sería dejar a un lado la hinchazón de los discursos y ser humildes. Relámpagos sobre México, sin las extravagancias que le acompañaron, desligada de su inauguración y de la fiesta del arte, es tema de un próximo ensayo.

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