La democratización de la estupidez

filosofíapublica_MarioGensollen

 

 

 

En un breve ensayo, que ya se ha vuelto famoso fuera de los círculos académicos, Harry Frankfurt nos alertaba de la ingente cantidad de bullshit (charlatanería, a falta de una mejor traducción) que circula a modo de moneda corriente por nuestras democracias. Astrólogos, homeópatas, sanadores, cienciólogos, santeros, exorcistas, acupunturistas, quiroprácticos, dietistas, numerólogos, creacionistas, antivacunas y demás charlatanes reclaman la valía de sus puntos de vista y alternativas. El diagnóstico de Frankfurt sobre los charlatanes es acertado: lo que distingue al charlatán es su nula preocupación por la verdad. El problema no es que sean mentirosos y nos engañen, incluso los charlatanes pueden creer verdaderamente en sus supercherías, su problema consiste en sus flexibles, débiles y desinteresados estándares intelectuales. La verdad —al final— queda fuera de sus intereses.

 Un paradigma de bullshit podemos observarlo en una típica sobremesa: las personas charlan saltando de un tema a otro, opinando con pretendida experticia sobre innumerables temas. En la mesa, después de la comilona, todos son médicos, políticos, entrenadores deportivos, intelectuales de avanzada, críticos literarios y cinematográficos, o cualquier cosa que se ofrezca en el momento. Algunos pueden objetar: lo que se dice después de una ingesta profusa de alimentos es inofensivo. Sí y no: muchos terminan optando por un tratamiento médico por lo que ahí escuchan, otros deciden su lealtad política, otros tantos toman decisiones profundas sobre sus vidas y sus cursos de acción. Aun así, concedo el punto: la sobremesa es sólo un buen ejemplo. Me inquietan más las redes sociales, y en general el internet, como verán a continuación.

 Cierto es que vivimos —para bien— en sociedades que respetan la libertad de expresión y la libertad de conciencia: nadie puede ser sancionado por sus creencias ni por expresarlas, así como cada quién puede libremente elegir el camino por el cual desea desarrollarse individualmente. Lo cierto es, también, que no todos los puntos de vista valen lo mismo, y no todos pueden reclamar el mismo tipo de espacios para entrar al debate público. Dicho de manera simple: aunque cada quién puede creer lo que le venga en gana, no todas las creencias merecen el mismo trato. Sé que esta tesis es políticamente incorrecta —al menos en sociedades altamente relativistas—, pero espero dar unas cuantas razones que la justifiquen.

 Pensemos en el paradigma más o menos tradicional, anterior, al menos, al boom del internet. Las personas opinaban inteligente o estúpidamente, pero lo hacían en la esfera privada. Su radio de influencia era limitado. En ese sentido una sobremesa era más o menos inofensiva al situarse en la esfera privada. Si alguien, con pretensiones intelectuales, buscaba ampliar el radio de influencia de sus creencias tenía que pasar por filtros: un editor, un par, un comité, un jurado, etc. Esto sigue siendo así en algunos casos: las editoriales cuentan con editores y consejos editoriales, las revistas especializadas hacen peer-review, así como las televisoras y las emisoras de radio cuentan con comités que examinan la calidad de sus contenidos. Si esto se hace mal o bien es otro tema, y habría que analizarlo caso por caso. El punto es que en otro tiempo era sumamente difícil ampliar el radio de influencia de nuestras creencias sin pasar por algún filtro (bueno o malo).

 Sin embargo, hoy cambia un poco la cosa: el radio de influencia de las opiniones de un pelmazo mexicano puede influenciar a un argentino o a un polaco completamente desconocidos. El internet ha democratizado la estupidez: opiniones idiotas profesadas en la esfera privada mágicamente ahora se sitúan en la esfera pública sin ningún filtro intermedio. El internet ha logrado que cualquiera opine e influya, aunque no tenga la menor idea de si su punto de vista tiene una sólida justificación. Es ya un tópico: internet carece de los filtros adecuados. La cantidad de información es inversamente proporcional a su calidad. Y, dado que ninguno de nosotros es experto en todas las materias, muchas veces carecemos de una guía que nos permita discriminar entre información y argumentos de mala o buena calidad.

 Ahora, daré un ejemplo inquietante: hace un par de días leía con cierta incredulidad una publicación en Facebook. En ésta el autor criticaba, con pretendidos argumentos biológicos, el matrimonio homosexual:

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Nótese, sus argumentos son de autoridad, pero hacen una serie de implicaciones inquietantes. Confieso que la publicación fue motivo inicial de burla —mía y de algunos amigos en privado—. Pero, si nos ponemos serios, nos damos cuenta de que sus argumentos no resisten ni un análisis superficial: de entrada, reduce el matrimonio a las relaciones sexuales; y, en segundo lugar, nadie le ha explicado que también son homosexuales las lesbianas (sospecho que nadie tampoco le ha enseñado redacción y ortografía, pero ése puede ser tema de otra de mis columnas). Lo preocupante es que trata de apoyar su punto de vista normativo (“el matrimonio homosexual es malo”), a partir de estudios descriptivos (ciertas tendencias estadísticas referentes a enfermedades relacionadas con el sexo anal). El problema es lógico: las personas —incluido él— no suelen razonar bien y suelen confiar inmediatamente en razonamientos endebles. “¿En qué medida la evidencia apoya mi punto de vista?” es una pregunta que seguramente nunca se hizo el autor de la publicación. En otra época su opinión no habría tenido un radio de influencia mayor que el de los miembros de una iglesia calvinista. Ahora, su publicación gozaba de innumerables likes, así como de comentarios inquietantes y violentos como los que siguen:

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Adelanto otra posible objeción: Facebook es parte de la esfera privada. Cierto y falso: las fronteras entre lo público y lo privado son difusas. En algún sentido, nuestras publicaciones sólo pueden verlas nuestros amigos, a menos que nosotros decidamos hacerlas públicas y abiertas. No obstante, preguntaría: ¿en verdad sólo nuestros amigos leen lo que publicamos? Respondo: él no es mi amigo, y aun así leí su publicación. El segundo comentario, además, no sólo es estúpido, es violento: la creencia en que el castigo justo por tener una relación homosexual es la muerte no merece ni siquiera analizarla.

 Una tercera posible objeción: argumento esto dado que estoy a favor del matrimonio homosexual y sus implicaciones. Cierto y falso: aunque estoy de acuerdo, el problema no es el contenido de nuestras creencias, es la forma en la que las justificamos. La estupidez pocas veces tiene que ver con lo que creemos, tiene mucho más qué ver con el por qué creemos lo que creemos (con cuáles son nuestros argumentos para apoyar nuestras creencias). En los últimos días también he visto y leído algunas opiniones contrarias a la mía que respeto y pienso que son dignas de análisis. Otra vez: la estupidez suele tener que ver más con las formas que con los contenidos. Y nuestros antiguos filtros así funcionaban: incluso muchas opiniones que iban contra el status quo entraban a la esfera pública gracias a la forma en que eran defendidas.

 Podría seguir dando ejemplos, pero eso nublaría el punto que quiero defender. Claro que cualquier idiota tiene derecho a creer lo que le venga en gana. Claro que no puede ser sancionado por sus creencias ni por la forma en que las defiende. Sin embargo, estoy convencido que no toda opinión vale lo mismo, así como no todos los argumentos son buenos ni valiosos. No sólo eso: no todo punto de vista debería figurar en la esfera pública. Sin embargo, también creo que es casi imposible normar internet en cuanto a la calidad de la información y argumentos que encontramos. La responsabilidad ahora es nuestra: a falta de filtros, el filtro debemos ser cada uno de nosotros. Sólo un consejo: habría que detenernos más en la forma que en el contenido si queremos hacer un buen filtro inicial de lo que encontramos en la red. Para ello: ¡a estudiar lógica!

 Termino. La charlatanería es consecuencia de uno de nuestros mayores logros como civilización: la democracia. Como bien observó Frankfurt, la democracia da la impresión a los ciudadanos de que sus opiniones valen por igual. Y eso está lejos de ser cierto. Así como hemos llegado a establecer al menos malo de los sistemas de gobierno posibles, así también hemos democratizado la estupidez. Nada bueno sucede sin alguna cosa mala como consecuencia —decía mi abuelo.

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