Democracia y soberanía

filosofíapublica_MarioGensollen Quizá conozcan la historia. En Creta, el día del solsticio de verano, a mediados de junio, tres ancianos —un ateniense que va camino de la gruta de Zeus, el cretense Clinias de Cnosos y el lacedemonio Megilo— discuten sobre las causas del fracaso de la confederación doria y los principios de la organización estatal:

AT.-Bien, en las ciudades debe haber gobernantes pero también gobernados, pienso.

CL.-En efecto.

AT.-Ya. ¿Cuáles y cuántos serán los títulos que habilitan a gobernar y ser gobernado, tanto en las grandes ciudades o en las pequeñas como, de la misma manera, en las familias? ¿Acaso no será uno el del padre y la madre? ¿Y, en general, que los padres gobiernen a sus hijos no sería un principio correcto en todos lados?

CL.-Y mucho.

AT.-El que sigue a éste es que los nobles gobiernen a los plebeyos y, además, sigue a éstos en tercer lugar que los más viejos deben regir y los más jóvenes ser regidos.

CL.-Efectivamente.

AT.-Y cuarto, también, que los esclavos sean gobernados y que los amos gobiernen (Leyes 690a-b).

Así, las Leyes, el diálogo tardío de Platón, es el intento más antiguo que ha llegado hasta nosotros de organizar el sistema jurídico de acuerdo con principios racionales. Y en el fragmento que acabamos de recordar, Platón se pregunta por primera vez en la historia del pensamiento occidental ¿quién ha de gobernar? La respuesta que pone en boca del ateniense podría resultar hoy en día escandalosa: “los amos gobiernan, los esclavos son gobernados”. Su argumento analógico parecía —al menos a un griego del siglo cuarto a.C.— persuasivo:

P1. En las ciudades hay gobernantes y gobernados.

P2. Los padres gobiernan a sus hijos.

P3. Los nobles gobiernan a los plebeyos.

P4. Los viejos gobiernan a los jóvenes.

P5. Los amos tienen una relación con los esclavos similar a la que tienen los padres con sus hijos, los nobles con los plebeyos, y los viejos con los jóvenes.

C. Los amos deben gobernar a los esclavos.

La relación que se afirma en la premisa quinta es dispar. Así como los padres educan a sus hijos por autoridad y experiencia, así como ha de esperarse que los viejos se conduzcan de mejor modo que los jóvenes, así los amos gobernarán a los esclavos. El argumento no es bueno, pero, repito, para los griegos de su época era persuasivo.

 No obstante, la importancia de las Leyes no consistió enteramente en las respuestas que brindaba Platón, sino en la formulación de muchas preguntas. La pregunta “¿quién ha de gobernar?” y preguntas derivadas de ella (e.g., ¿cuál es el fundamento de la autoridad política?), guiaron la discusión filosófica durante los siglos posteriores. Y a dicha pregunta se ofrecieron innumerables respuestas: los mejores, los más sabios, el gobernante nato, quien domine el arte de gobernar, la voluntad general, la raza de los amos, los trabajadores industriales, el pueblo, etc.

 Hasta aquí cabría preguntarse, no si Platón tenía razón en su respuesta (la cual incluso suena a nuestros oídos modernos fuera de lugar y políticamente incorrecta), sino si dicha pregunta es la fundamental en la política, si no hay preguntas más importantes que la antecedan y, de ser el caso, si las respuestas a dichas preguntas determinarían o no el cauce de la respuesta sobre quién ha de gobernar.

 Una concepción y aproximación a la política distintas a las platónicas fueron formuladas por John Stuart Mill en su célebre ensayo Sobre la libertad:

Este ensayo no trata de la llamada libertad de la voluntad, que con tan poco acierto suele oponerse a la mal titulada doctrina de la necesidad filosófica, sino que se ocupa de la libertad civil o social: la naturaleza y los límites del poder que la sociedad puede ejercer legítimamente sobre el individuo. / Una cuestión rara vez planteada y, en términos generales, apenas discutida, pero cuya presencia latente tiene una influencia medular en los debates cotidianos de nuestra época y sin duda pronto será reconocida como la cuestión vital del futuro.

Desde un inicio, Mill opone a la pregunta platónica de “¿quién ha de gobernar?”, esta otra: ¿qué limites deben tener las acciones de un gobierno respecto a la libertad de sus gobernados? Mill parece percatarse que la cuestión no es quién gobierne, sino limitar al gobierno. Así, Mill asume el liberalismo poniendo énfasis en la libertad civil por encima de la soberanía. Del mismo modo, lo señala en el libro sexto de su libro Un sistema de lógica:

Aunque las acciones de los gobernantes de ninguna manera están determinadas totalmente por intereses egoístas, es principalmente como seguridad en contra de esos intereses egoístas por lo que se requiere de controles constitucionales (A System of Logic VI-VII-3).

También lo hace en su texto feminista La sujeción de las mujeres:

¿Quién duda que pueda haber gran bondad y gran felicidad, y gran afecto, bajo el gobierno absoluto de un hombre bueno? Mientras que las leyes y las instituciones necesitan ser adaptadas, no para los hombres buenos, sino para los malos (p. 251, edición Everyman).

Concebir la pregunta “¿qué limites debe tener el gobierno y los gobernantes frente a las libertades civiles de sus gobernados?” como anterior y más relevante a la pregunta “¿quién ha de gobernar?”, pone ya en entredicho el concepto mismo de ‘soberanía’. Si debemos, ya sea a priori o a posteriori, disponer de controles sobre la autoridad del gobierno y los gobernantes, la soberanía —como mínimo— debería replantearse.

 En la actualidad, suele definirse soberanía como la autoridad suprema dentro de un territorio. Esta definición señala ya algunos aspectos importantes del concepto. En primer lugar, que el que ostenta la soberanía posee autoridad, en particular el derecho de mandar y ser obedecido. Tal “derecho” connota legitimidad. Así, quien ostenta soberanía tiene una autoridad derivada de alguna fuente reconocida de legitimidad. En otros tiempos, dicha fuente de legitimidad derivaba de la ley natural, el mandato divino, la herencia, la constitución, incluso del derecho internacional. En la actualidad, suele considerarse al cuerpo de leyes la fuente de la soberanía. Otro aspecto relevante en la definición tiene que ver con la supremacía de la autoridad. La soberanía, así, no es mera autoridad, es autoridad suprema. Un último aspecto que señala la definición es la territorialidad.

 Ahora bien, el concepto de ‘soberanía’ ha generado algunos problemas: en particular, referentes a quién es el que ostenta o debería ostentar la soberanía, al grado en el que la soberanía puede ser considerada absoluta, y a las diferencias y relaciones entre la soberanía interna y externa.

 Al margen de estas discusiones, Karl Popper se percató que el concepto mismo de soberanía parecía implicar “no vigilancia”:

Quienes creen que la antigua pregunta [“¿Quién debe gobernar?”] es fundamental aceptan tácitamente que el poder político es “esencialmente” un poder que no debe ser vigilado. Piensan que alguien tiene el poder…, ya sea un individuo o un cuerpo colectivo, como, por ejemplo, una clase gobernante. Y dan por sentado que quien tiene el poder puede hacer casi todo lo que le plazca y, especialmente, que puede reforzar cada vez más su poder, y con ello convertirlo a algo cercano al poder ilimitado o no sujeto a vigilancia. Suponen que el poder político, esencialmente, es soberano. Si se acepta esta suposición, entonces, en verdad la única pregunta pertinente que hay que hacer es la siguiente: “¿Quién tendrá la suprema soberanía?” (p. 342, edición de David Miller, FCE).

Popper señala que quien acepta este supuesto defiende una teoría de la soberanía, la cual defiende implícita o explícitamente que el poder político está prácticamente exento de control y vigilancia, o que así debería serlo. Así, para los defensores de la teoría de la soberanía sólo restaría poner el poder en las mejores manos.

 Contra este concepto de soberanía, Popper esgrime un par de argumentos: uno empírico y uno lógico. Con respecto al argumento empírico, Popper simplemente señala que ningún poder político se ha ejercido jamás sin control ni vigilancia, y que nunca podrá haber un poder político absoluto e irrestricto, por lo que una teoría de la soberanía es a lo sumo irrealista. El argumento lógico es mucho más fuerte. Su conclusión: todas las teorías de la soberanía son paradójicas:

El hombre libre […] puede ejercer su libertad absoluta; primero, definiendo las leyes, y en última instancia, hasta desafiando la libertad misma y clamando por un tirano. No se trata de una remota posibilidad; esto ha pasado muchas veces; y cada vez que ha sucedido ha puesto en una situación intelectual desesperada a todos los demócratas que adoptan, como la base primordial de su credo político, el principio del gobierno de la mayoría o una forma semejante del principio de la soberanía. Por una parte, el principio que han adoptado les exige oponerse a todo lo que no sea el gobierno de la mayoría y, por tanto, a la nueva tiranía; por otra parte, el mismo principio les exige que deban aceptar cualquier decisión que haya tomado la mayoría y, por tanto, aceptar el gobierno del nuevo tirano. La incongruencia de su teoría, por supuesto, debe paralizar sus acciones (p. 344-345).

El argumento de Popper señala que la democracia y la soberanía tomadas en conjunto son de suyo paradójicas: la mayoría puede elegir libremente la tiranía. Por ende, no puede confiarse, si se desea combatir la tiranía, de manera absoluta en el poder soberano de quien gobierna (sea éste un solo hombre, muchos, o sea la mayoría).

 La propuesta popperiana, frente a la paradoja, resulta al menos interesante, pues queda pendiente demostrar si es posible una teoría del control democrático que esté libre de la paradoja de la soberanía:

Quien acepte el principio de la democracia [i.e., crear, desarrollar y proteger instituciones políticas que eviten la tiranía] […] no buscará en el resultado de las votaciones democráticas la expresión autorizada de lo justo o lo correcto. Si bien acatará, para que puedan funcionar bien las instituciones democráticas, una decisión de la mayoría, se sentirá libre para combatir por medios democráticos incluso esta decisión mayoritaria, y para trabajar con el propósito de revisarla (p. 348).

Así, para Popper, la democracia es incompatible con la soberanía: democracia con soberanía darían lugar a la tiranía de las mayorías. En última instancia, Popper es cercano a Jouvenel y a Maritain, quienes creen que incluso deberíamos abandonar definitivamente el concepto. Democracia sin soberanía daría lugar, por el contrario, a una democracia como “el gobierno por discusión”, según lo señaló recientemente Amartya Sen. La posibilidad siempre posible del disenso, y los mecanismos internos de la democracia para disentir y atacar las decisiones de la mayoría, serán los únicos medios para combatir la tiranía y los malos gobiernos.

 No obstante, Popper no resuelve el problema central, y cree que es irresoluble: “no existe un método a prueba de tontos para evitar la tiranía”. Y seguramente tenía razón.

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