Argumentación y pluralismo [adelanto]

filosofíapublica_MarioGensollen

Les dejo esta semana un adelanto de mi nuevo libro Virtudes argumentativas. Conversar en un mundo plural, que será publicado este año.


Vivimos en un mundo plural. Esto quiere decir que cada vez se nos hace más patente que las demás personas creen, desean, esperan e imaginan cosas distintas a las mías y a las tuyas. Viven con estilos de vida diferentes, muchas veces opuestos al tuyo y al mío. La pluralidad es un hecho: esto quiere decir que no es algo que deba gustarnos o no, es algo con lo que debemos lidiar. Es posible que tanto tú como yo consideremos que no es correcto vivir una vida disipada, egoísta y centrada en el éxito económico; sin embargo, basta cruzar la calle y observar que el vecino puede desear una vida así. No es prudente que lo juzguemos y le increpemos. Las personas (ahora lo sabemos y pocos lo pondrían en duda) tienen derecho a creer y desear lo que ellas consideren adecuado para sus vidas, y con seguridad muchas veces esas creencias y deseos entrarán en conflicto con los nuestros.

Frente a los inevitables (y muchas veces atroces) conflictos de creencias y deseos en nuestras sociedades plurales, tenemos dos alternativas iniciales: enfrentarlos con violencia o enfrentarlos con palabras. La imposición, el chantaje, el miedo, los golpes, las guerras, son ejemplos claros de cómo podemos enfrentar nuestras desavenencias de forma violenta. A ellas se oponen la charla, el diálogo, el debate, y una forma más libre y abarcadora del intercambio lingüístico: la conversación. Esto no quiere decir que las palabras no puedan ser violentas: quiere decir que es posible que ciertas prácticas mediadas por el uso del lenguaje logren que nuestros conflictos de creencias y deseos sean lo menos violentos posibles.

Si aceptamos que la violencia no es deseable para enfrentar (al menos no todos) nuestros conflictos, aceptaremos igualmente que debemos encontrar un camino para navegar sin colisiones a través de la pluralidad. Ese camino es el de la argumentación. No obstante, la idea misma de argumentar es difusa y polémica. Muchas veces se piensa que también tenemos derecho a creer y desear lo que queramos sin razón (aparente) alguna. Además, no pocas veces no solemos considerar los derechos y las necesidades de los otros, y no apreciamos su punto de vista ni consideramos las limitaciones del nuestro. En lugar de proceder de manera crítica, principalmente con nuestras propias creencias y deseos, buscando la objetividad a través de estándares intelectuales adecuados, solemos operar con estándares psicológicos egocéntricos: muchas veces creo que algo es cierto sólo porque creo en ello, porque creemos —los miembros del grupo al que pertenezco y yo— en ello, porque quiero creerlo, porque así siempre lo he creído o porque me conviene creerlo. El problema con esta actitud viciosa es que aísla de cualquier posible conversación: si no tengo razones comunicables y comprensibles por cualquier posible interlocutor para defender mis puntos de vista, será imposible llegar a una solución no violenta de nuestros conflictos de creencias y deseos.

Me explico. Si la pluralidad es un hecho con el que debemos lidiar —por ende, no debo esperar que los otros crean y deseen lo mismo que yo—, quiero vivir una vida de convivencia pacífica con aquellos distintos a mí, y lo que sí debo esperar es que muchas veces mis creencias y deseos entren en conflicto con los suyos, entonces debo disponer de los medios para resolver esos conflictos: esos medios son las razones de las que dispongo para creer en lo que creo y desear lo que quiero. Apoyar mis puntos de vista por medio de razones es el núcleo de la argumentación: es estar dispuesto a responder al otro justificando mis creencias y mis deseos, los cuales son los motores básicos de mis acciones. Es estar también abierto a la crítica: si ofrezco razones, doy al otro la posibilidad de que las rebata. Así, sin razones comunicables y comprensibles por los otros, los seres humanos somos islas en el océano de la pluralidad. Sólo nos queda la violencia y la inevitable derrota, pues siempre habrá alguien más fuerte o poderoso que yo.

Algunos podrán considerar ingenuo dar tanto crédito a la argumentación. Dada la radical diversidad de convicciones morales, metafísicas y religiosas entre los integrantes de las sociedades democráticas contemporáneas, no podemos esperar que la argumentación resuelva los desacuerdos ocasionados por dicha pluralidad. La diversidad de creencias y deseos entre los individuos es fruto del libre intercambio de ideas y del respeto a la libertad de conciencia, la cual pinta el paisaje humano de múltiples formas de vida. Dado el panorama anterior, no deberíamos esperar —concluyen algunos— a que se superen mediante la argumentación los desacuerdos para embarcarnos en la construcción de instituciones comunes. Por el contrario, el desafío —piensan— consiste en diseñar instituciones políticas que puedan ser reconocidas como legítimas en un contexto de diversidad. El argumento detrás de esta crítica es sencillo: a pesar de que dispusiéramos de muy buenas razones para justificar nuestras creencias y deseos, esto no sería suficiente para lograr unanimidad social en torno a ellas, dado que los otros pueden disponer (y a menudo disponen) también de buenas razones para defender convicciones que muchas veces son incompatibles con las nuestras.

Frente a esta crítica cabe hacer tres aclaraciones. En primer lugar, la real ingenuidad consiste en suponer que la argumentación es un medio para lograr unanimidad social entre las creencias y los deseos de los individuos. A menudo —y cuando las cosas salen bien—, sólo es un medio para resolver conflictos teóricos y prácticos inaplazables e inesquivables, a pesar de la diversidad de posturas, y a pesar de que las convicciones individuales opuestas persistan después de la argumentación. Desde una perspectiva un tanto más esperanzadora, la argumentación es un medio, además, de aprendizaje en la diversidad y de progreso moral. En segundo lugar, la construcción de instituciones políticas legítimas en un contexto de diversidad no excluye, sino que implica a la argumentación. En tercer lugar, hay conflictos de creencias y deseos, fruto de la diversidad, los cuales no pueden ser resueltos por la intervención del Estado, ni por las instituciones políticas.

De este modo, y al igual que James Rachels, defiendo que el pensamiento moral mismo —e innumerables prácticas de nuestra vida tanto privada como pública— es ante todo un ejercicio de razones: las creencias que deben guiarnos y debemos adoptar son las que cuentan con las mejores razones de su lado. Es la argumentación la que nos permitirá saber dónde se halla el peso de las razones. Las otras opciones (violentas de suyo) serán o bien la imposición de uno, de un grupo privilegiado, o de la mayoría.

Desde un punto de vista económico, Kenneth Arrow llevó este planteamiento hasta sus últimas consecuencias, y demostró que no existe forma ni método de elección en el cual las decisiones individuales de todos estén en armonía con una elección social general, que además resulte justa. El teorema de imposibilidad de Arrow —nombre que recibe este planteamiento teórico— resulta mucho más poderoso cuando es enunciado en sus formas más simples: «ningún sistema de votación es justo» («No voting method is fair») o «el único sistema de votación que no tiene fallas es la dictadura» («The only voting method that isn’t flawed is a dictatorship»), pues deja muy en claro que no hay forma en que todas las opiniones sean respetadas de manera simultánea a menos que la decisión sea tomada por un único individuo. Este problema, el de las decisiones socialmente óptimas, nos lleva entonces a pensar si existe siquiera la posibilidad de una solución factible en donde se respeten las preferencias de la mayoría y se garanticen los derechos de todos. Este parece ser el caso de las sociedades democráticas más avanzadas del mundo en las cuales la argumentación es el instrumento de facto para solucionar toda clase de inconvenientes de la vida en sociedad. Sin embargo, la argumentación no es ni puede ser un instrumento mediante el cual podamos evitar definitiva y completamente conflicto, armonizando cada una de las creencias y los deseos de los individuos con la elección social general (nada lo puede lograr, como sostuvo Arrow); la argumentación, por el contrario, es la forma mediante la cual podemos mediar entre las creencias y los deseos de los individuos, para llegar a un acuerdo que resuelva el conflicto y evite en gran medida la violencia, a pesar de que persistan muchas (quizá la mayoría de las) diferencias entre las personas.

Así, queda ya claro el vínculo entre argumentación y pluralidad: argumento porque deseo entablar relaciones cooperativas con aquellas personas que no comparten mis creencias y mis deseos, y porque deseo convivir pacíficamente, evitando en la medida de lo posible cualquier forma de violencia.

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