El patio de la plaza principal

Gobierno, Iglesia y pueblo son algunas de las categorías sociales a las que regularmente nos referimos en abstracto: “el gobierno hizo esto”, “la iglesia condenó aquello”, “el pueblo alzó la voz”. Y, sin embargo, sabemos a qué nos referimos cuando pronunciamos las dos primeras. Los responsables de dirigirlas tienen nombre y apellido. Con “pueblo” ocurre algo distinto.

De todos los espacios públicos, los zócalos son los únicos que mantienen un permanente diálogo entre símbolos de un pueblo y el pueblo mismo. Podríamos sintetizarlos como los puntos donde caben acuerdos y protestas, megáfonos y susurros, música y baile. De modo que cada plaza principal de este país es una invitación para que un pueblo se encuentre y dialogue con las fuerzas simbólicas que lo rodean.

En el zócalo de Aguascalientes conviven el poder político estatal y municipal (palacios de gobierno), el poder religioso (la Iglesia Católica: la Catedral), el poder histórico (uno de los episodios de la narrativa moderna de México: el Teatro Morelos) y el poder social (la abstracción a la que me he referido: el pueblo). La arquitectura de cada uno de esos poderes, como vemos, tiene un peso social evidente: presenta una catedral, pero representa un poder religioso; donde un palacio, un partido político en el poder; el teatro: una escena de la historia nacional. El pasado 20 de abril se inauguró un elemento más: Patio de las jacarandas (pieza conmemorativa del Centenario de la Soberana Convención militar revolucionaria de 1914). Su autor: Jan Hendrix.

El Museo Memoria y Tolerancia, en el D.F., como cualquier espacio de exhibición que establezca una agenda política en contra de la opresión, la desigualdad, la violencia y, lógicamente, el olvido, aplasta las emociones del espectador. Mostrar el horror del que es capaz el ser humano, asfixia. Quiero decir que comprender que en este mundo conviven el cuerpo de obras de Shakespeare, Bach o Velázquez, con los cuerpos del holocausto o de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, es una empresa que demanda oxígeno para quien observa. Cualquier museo de estas características debe contar con un espacio para respirar y sentirse amable.

A lo largo de una buena parte del Museo Memoria y Tolerancia, se extiende, verticalmente, una obra del artista holandés: mientras que en las salas de exhibición se apela a la reflexión, afuera, la obra de Hendrix apela a los sentimientos. Allá hay agobio y violencia; acá, descanso y paz. El contraste no es arbitrario: el museo es un espacio de integración y de diálogo entre sus partes. (Extiendo mi atención: cualquier espacio público debe ser entendido de esa forma.)

He elegido acaso el ejemplo más contrastante de su obra porque el encuentro de símbolos es sobresaliente. Si hacemos a un lado la estética de la violencia del museo anteriormente referido, y nos quedamos únicamente con Hendrix, su trabajo conservaría ese espíritu de nívea calma.

Patio de las jacarandas, a diferencia de la obra expuesta en el museo de la capital del país, es una modesta aportación estética al diálogo del zócalo. El espacio público donde está instalada la obra de Hendrix es el punto de convergencia de cuatro poderes. Repitamos: el religioso, el político, el histórico y el social. ¿Cómo se relaciona con ellos? Tendría que funcionar como un quinto poder: el estético. Pero no creo que apele a la sensiblidad de los ciudadanos, sino a su ocio. Patio de las jacarandas es una obra que mezcla arte, diseño y arquitectura. Por sí mismo me parece que es un espacio valioso: el agua y la sombra modifican la experiencia en comparación con la dura explanada bajo el sol. Por desgracia, no está ahí para intervenir un espacio a manera de monólogo -cosa en la que hubiera cumplido con suficiencia-, sino para abonar a la conversación de la plaza pública.

Me explico: quien entra a la Iglesia encontrará un espacio solemne y pacífico. Sería imprudente, por respeto a los creyentes, tener una charla ahí. De tal forma que el espacio está para alimentar el espíritu de quien así lo quiera. Los palacios de Gobierno concentran la kafkiana maquinaria de la burocracia: son sitios inhóspitos. El zócalo es al mismo tiempo un no-lugar y el lugar emblemático de la propuesta, la protesta y el rechazo: el pueblo se unifica y trata de dialogar con el poder político -regularmente mudo y sordo-. ¿Qué va a hacer alguien que sale de ésa plaza pública y entra a otra plaza pública?, ¿cuál es la invitación de Patio de las jacarandas? Se nos dice que es una “pieza conmemorativa del centenario de la soberana convención militar revolucionaria de 1914.” ¿Es un espacio que se comunica, entonces, con el Teatro Morelos? El teatro tiene más de un siglo con una memorable historia. Apenas si vale la pena señalar que Patio de las jacarandas tiene menos de una semana de existencia. ¿Se comunica con la Iglesia? Si bien el arte, entendido desde nuestro tiempo, es una suerte de religión, no es propiamente un espacio para creer sino para comprendernos. ¿Dialoga con la política? Quizá: fue una obra planeada desde el gobierno con el gusto del gobierno. Lo más importante, ¿cómo dialoga con el pueblo? Es decir, es una obra para, ¿jugar?, ¿charlar?, ¿descansar?, ¿tomar fotos? Tal vez. Pero cerca de ahí hay un lugar con más sombra, bancas, agua. ¿Cuál es la diferencia?: ¿que la obra de Hendrix es artística?, ¿entonces hay que entenderlo como un espacio de contemplación? Si esto es cierto, ¿por qué no un museo? Con tanta pregunta y ni una sola respuesta nos podemos dar una idea de la falta de vocación, sentido y concepto que tiene Patio de las jacarandas.

En Aguascalientes, los espacios públicos intervenidos con propósitos artísticos no siempre han corrido con buena fortuna: ahí tenemos las esculturas de toreros, el Sebastián olvidado por todos, los murales en espacios de Gobierno. No respetan la convivencia: la violentan. ¿Cómo? Un paseo lo convierten en algo desagradable.

El Gobierno arroja los símbolos que quiere difundir entre sus ciudadanos. ¿Qué está comunicando con la obra de Hendrix? Revisemos: la Iglesia es una voz construida por la tradición católica del estado. El Gobierno es elegido por el pueblo. La historia se construye entre todos. Patio de las jacarandas es una imposición estética. Ni historia, ni tradición, ni elecciones, sino supongo que fue una ocurrencia: “hagamos una pieza contemporánea para los hidrocálidos.” Lo único de contemporáneo que tiene es su metanarrativa: una plazoleta dentro de una plaza.

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