Contra la discriminación positiva (o cómo terminar de una vez con el trato preferencial)

filosofíapublica_MarioGensollen

 

Supóngase que en la universidad x se presenta el siguiente escándalo: una persona de color solicita su admisión y es rechazada. Después de un análisis detallado, se confirma que su rechazo no tiene nada qué ver con el procedimiento estándar con el que la universidad admite o no a sus solicitantes: su examen de ingreso es sobresaliente, sus notas del bachillerato están muy por encima de la media, y su ensayo es excepcional en tanto agudo, perspicaz y honesto. Sigamos suponiendo: después de algunas pesquisas nos enteramos de que no ha sido admitido dado que otro sujeto, hijo de un exalumno sobresaliente de la universidad que ha realizado donativos importantes a ésta, ha ocupado su puesto. En su caso, ni examen, ni notas, ni ensayo superan la media. El escándalo es obvio: se ha roto con el procedimiento estándar con el que la universidad admite a sus solicitantes. Hay dos agravantes: la persona que perdió su puesto es de color, y quien ocupó su puesto es blanco y presunto beneficiario del nepotismo.

Frente a una situación como la anterior, obviamente inequitativa e injusta, caben dos cursos de acción:

  1. Las autoridades, apoyadas por grupos activistas interesados en el caso, piden a la universidad que cambie los criterios y estándares de admisión. Lo que se pone en cuestión es que dichos criterios y estándares no protegen a personas pertenecientes a minorías o grupos vulnerables contra las inequidades e injusticias. Éste es el origen de las cuotas de género, raza, religión y otros grupos vulnerables. La idea es simple: ahora se requiere que la universidad —con cierta independencia de los estándares y criterios habituales— admita a un cierto número de personas parcialmente debido a cuestiones ajenas a sus méritos académicos.
  2. Las autoridades, apoyadas o no por grupos activistas interesados en el caso, implementan medidas que evitan la discriminación negativa (e., que no haya persona que no sea admitida debido a su sexo, raza o creencias), y medidas que endurezcan los castigos por cualquier inequidad o injusticia que se dé durante el proceso de admisión. Como puede verse, este segundo curso de acción no requiere la implementación de cuotas, sino que el proceso de admisión garantice la transparencia, equidad, neutralidad y justicia de los resultados.

Entiendo por discriminación positiva la implementación de criterios, estándares, medidas y apoyos no relevantes a un proceso, como medidas en contra de la discriminación negativa. Pienso que cualquier forma de discriminación positiva (i.e., cualquier acción afirmativa que discrimine positivamente) es un error, y es uno grave.

Michael Sandel, el eminente politólogo republicano de Harvard, ha defendido públicamente la discriminación positiva con los siguientes argumentos (véase Sandel, Public Philosophy. Essays on Morality in Politics, 2005, pp. 101-104):

Según Sandel, existen dos argumentos para incluir la raza como factor en las admisiones de nuevos estudiantes universitarios. El primero es la compensación; el segundo, la diversidad. La principal cuestión que contemplan quienes defienden la compensación es que la discriminación positiva es un remedio de males pasados; es decir, trata de retribuirles a quienes sufrieron discriminación negativa en el pasado con discriminación positiva en el presente. El problema con este argumento, según Sandel, es que quienes suelen beneficiarse con la discriminación positiva no son necesariamente quienes sufrieron la discriminación negativa, y aquellos que pagan por la compensación rara vez son los que fueron responsables de discriminar negativamente en el pasado. Así, quienes defienden la discriminación positiva, alegando razones compensatorias, deben explicar por qué unos candidatos que en otro caso estarían perfectamente cualificados han de cargar con la culpa de resarcir a las minorías por los males que han padecido.

Cosa distinta sucede con el argumento de la diversidad, piensa Sandel. Éste no necesita apelar al argumento de la discriminación en el pasado. Más bien, afirma que la admisión no es un asunto de recompensa, sino un medio para promover un objetivo socialmente valioso. Esto es: un alumnado mixto es deseable dado que permite que se aprenda de la diferencia, cosa que no sucede cuando se tienen orígenes parecidos. Para Sandel, la admisión no es un honor que se otorgue para recompensar una virtud superior. La admisión está encaminada a cumplir un objetivo socialmente valioso. De esta manera, el argumento de la diversidad separa los intereses particulares del alumno del interés común. Así es como Sandel cree que esta separación representa una vulnerabilidad política, anclada en la idea de que nuestros logros son resultado de nuestro propio esfuerzo.

Veo diversos problemas en sus argumentos. La pregunta parece relevante: ¿es válido establecer cuotas de género, raza, religión y grupos vulnerables, como medida para promover la diversidad? Que la diversidad sea algo bueno de suyo es cuestionable. La diversidad siempre tendrá sus costos. Pero, al igual que Sandel, pienso que la diversidad es algo que debemos buscar y que siempre será valiosa. Entre otras cosas, debido a que la diversidad genera autodistanciamiento: poder dialogar desde la diferencia siempre ayudará a que progresemos moralmente (e.g., poniendo a prueba nuestras convicciones, recibiendo muchas veces mejores argumentos de los que nosotros ofrecemos, percatándonos de nuestros errores, etc). No obstante, la pregunta relevante aquí es otra: ¿es moral y políticamente correcto discriminar para fomentar la diversidad? El costo es muy alto. Las discriminaciones, sean negativas o positivas, son injustas e inequitativas. Pero, ¿acaso no nuestro problema inicial era justamente la inequidad y la injusticia? Los comunitaristas y republicanos —como el propio Sandel—, han cambiado de tema: se percatan de que las discriminaciones positivas siguen operando bajo la lógica de la discriminación negativa: la del trato preferencial; compensando, por ejemplo, con inequidades problemas históricos (e.g., la culpa blanca en Estados Unidos). Cabría hacerle una pregunta a los defensores de la discriminación positiva como promotora de la diversidad: ¿acaso no habrá otras formas, no injustas, de promover lo mismo?

Pero aquí no terminan los problemas. No debemos cambiar de tema: nuestra preocupación es la inequidad en tanto injusta. Y sobre este punto los comunitaristas y los republicanos se han equivocado. Ellas y ellos suelen criticar al liberalismo por su incapacidad para unir a los ciudadanos en un proyecto político común. Han afirmado que el liberalismo no fomenta las virtudes cívicas necesarias para el autogobierno que implica una sociedad democrática:

(…) a pesar de su atractivo, la visión liberal de la libertad carece de los recursos cívicos necesarios para sustentar el autogobierno. La filosofía pública conforme a la que vivimos no puede asegurar la libertad que promete, porque no puede inspirar la conciencia de comunidad y la implicación cívica que esa libertad requiere

(Sandel, Public Philosophy. Essays on Morality in Politics, 2005, p. 11).

Pero esto es falso. En primer lugar, ellos, al fomentar la importancia política de las identidades grupales y comunitarias, son los que resquebrajan tarde o temprano la unidad social. Las diversas comunidades (minorías o grupos) optan por un proyecto político singular, con demandas singulares. Cada quién termina velando por su propio santo. Esa defensa de la comunidad —que muchas veces es una forma velada de xenofobia y endogamia— es la que termina haciéndonos incapaces de participar en un proyecto político que una y vele por todos nuestros más variados intereses.

El trato preferencial busca remediar, a partir de agendas políticas parciales e interesadas, fallos del Estado en la procuración de equidad a sus ciudadanos. ¿Acaso no deberíamos buscar, más bien, terminar con la inequidad sin más: sea ésta de género, raza, clase, religión, etc.? Pero para ello las identidades comunitarias estorban: todos antes somos humanos, que negros, blancos, amarillos, cristianos, protestantes, judíos, musulmanes, mujeres, hombres, jóvenes, viejos… El correlato liberal de las identidades grupales y comunitarias es el cosmopolitismo. Les pregunto a los activistas, ¿acaso no somos todos simplemente ciudadanos del mundo?

Hay una razón adicional contra la discriminación positiva: discriminar positivamente puede generar problemas posteriores. Imaginemos que, con un objetivo compensatorio, eximo del pago de impuestos a un grupo vulnerable. Después de cierto tiempo de que la acción afirmativa haya entrado en vigor, uno podría preguntarse: ¿hasta qué momento podemos volver a cobrar impuestos a dicho grupo? El problema es que no es nada fácil revertir una discriminación positiva. Y los problemas que podemos tener al tratarla de revertir son impredecibles, pues supongo que dicho grupo vulnerable luchará porque dicha acción nunca sea revertida.

Sé que en México los argumentos que he presentado son políticamente incorrectos. Hemos vivido y seguimos viviendo todos los días problemas de inequidad, principalmente de género y de clase social, aunados a una tremenda desigualdad económica. Los grupos de activistas hacen una buena parte del trabajo que le corresponde al gobierno: velar por los intereses de los menos favorecidos. Sin embargo, pienso que esta estrategia no erradicará nunca el problema. Para erradicarlo debemos unir frentes, y como ciudadanos unirnos en un proyecto político común que combata la inequidad sin más. Para ello no son suficientes los esfuerzos individuales o grupales. Estos esfuerzos velan por una agenda política particular, cuando lo que necesitamos es una agenda política común. Se trata de lograr que la estructura básica de nuestra sociedad impida permanentemente la inequidad. ¿Mucho trabajo? Sí, y más vale que los hagamos todos en conjunto.

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