El Revés De esta Luz, de Mayco Osiris Ruiz

El revés de esta luz es el libro de poesía pulcro y puntilloso de un esteta dotado de un oído y un ojo igualmente atentos. Si bien esos valores son de suyo encomiables –más aún, ejemplares–, leo en estos poemas cualidades de otra índole.

El revés de esta luz deriva su fuerza de una contradicción: es un libro exaltado y reticente a la vez. Un libro de oposiciones deliberadamente concebidas y puestas en página. Comienza con un canto a los árboles, vehemente, ceñido, absorto, que contiene episodios tan extasiados como este:

 

El árbol, por la tarde, es una hoguera verde,

un fuego vertical

anclado a las raíces,

donde todo comienza.

 

Y, versos después:

 

Cae la noche. El árbol sigue siendo

una antorcha encendida,

un reguero de jade creciendo

hacia lo abierto.

 

No obstante, este poema no es solamente un canto a la belleza natural, también es una queja de abandono:

 

Si estuvieras aquí, si vieras como yo

arder la huella del verano en cada hoja,

no tendría que cantar

para contarte lo que parece el árbol

al filo del ocaso.

 

Y, más adelante:

 

Si estuvieras aquí,

 si vieras como yo poblarse de santelmos

 la tiniebla, te aterraría esta danza macabra

de palabras cruzadas de silencio,

esta canción inútil girando en el vacío,

este ruido de espejos que al quebrarse

desconoce

el misterio del árbol cuando calla.

 

Ello, a su vez, conduce al asunto auténtico de este libro, que no es ni la Naturaleza ni el corazoncito sensitivo del poeta, sino una distancia muy específica: la que se abre, por ejemplo, entre la conciencia del mundo y el mundo mismo; o entre la experiencia y su descripción; o entre el lenguaje y la realidad.

Los árboles son, en este libro, mediadores entre un mundo anterior a una caída adánica –¿la adquisición del lenguaje, la llegada de la edad adulta, la ciudad?–; un mundo originario, digo, añorado por la voz lírica, que descubre, escondida en las ramas de un aislado árbol urbano, “la clave del regreso”. No obstante, esa vuelta a una suerte de estado de gracia primitiva es imposible; si me atengo a este libro, entre la poesía y la realidad media la separación irremediable contenida en la expresión “paraíso perdido”, puesto que, como asienta Ruiz, la conciencia humana está confinada a su identidad. Leo:

 

Aquel que he sido siempre

me espera bajo el árbol

que no he sido jamás.

 

“Pero eso no es lo triste”, escribe Ruiz para concluir su jornada arbórea, “Lo triste”, continúa –lo que de veras duele–

 

Es este canto llano que insiste en continuar,

la mano en el tintero

arriesgándole al aire dos palabras vacías,

 dos versos mutilados, dos metáforas mudas.

 

El revés de esta luz es un libro de poesía sobre la imposibilidad de la poesía. O, dicho de otra manera, un libro de poemas que señala el trecho insalvable entre las palabras y las cosas. Escribe Ruiz:

 

Entre mi voz y este roble:

 qué distancia.

 Digo su nombre, mi lengua vibra

pero hay algo vacío,

Como un tambor resonando

inútilmente en el desierto.

 

Versos después, concluye:

 

Y temo tanto haber hablado en vano

vertido en el papel tinta invisible

sabiendo –como sé–

que no hay un roble

 que quepa entero en la palabra roble.

 

Así que no, Platón –y no, Borges–, no es como afirmaste en el Cratilo¸ el nombre no es arquetipo de la cosa; la rosa no está en las letras de “rosa” ni el Nilo cabe en la palabra “Nilo”.

Este libro de ironías cultas y guiños populares, de manglares y alejandrinos, de cipreses y tugurios y endecasílabos, parece atravesado de principio a fin por la sospecha de que versificación, pulcritud y erudición no bastan –no pueden bastar– para otorgarle estatuto de realidad a ese “Reino mental” –título de la segunda sección del libro–, cargado de hechizos y magnificencias que son, ay, sola, únicamente verbales:

 

Otros han visto en mí

 a alguien que desconozco.

Me dicen: “Serás rey”

y es de niebla la túnica que me circuye el hombro.

Mas mi cetro es mi voz cansada

de nombrar una tierra extranjera, mi trono

estas palabras

que a fuerza de decirse

han perdido su albor.

Por castillo me dieron

una verdad incierta,

prados de extraña luz

que ya nadie frecuenta.

Para qué proseguir: no hay armas que cantar,

ni talento

ni dios para reconstruirlo;

 sólo esta amarga queja

 –de rey sin caravana–

 que te doy.

 

Y, más adelante,

 

Tanto hablar de milagros, tanto pedir la luz, para salir también

con esta voluntad que ni siquiera es piedra, esta masturbación

que ni siquiera es canto.

Qué lástima, poeta, qué lástima.

 

En la tercera y última sección del libro, llamada –decisivamente– “Trasluz”, el poema final se preguntará “¿escribir para qué?” y, elegante y evasivo, antes que una respuesta, señalará: un “libro ilegible”, una “lengua sin palabras” y ello, a su vez, tenderá un lazo, tan firme como sutil, a los asuntos aquí brevemente formulados y al título mismo del libro, pero no debo escatimar al lector el placer de rastrear ese y otros lazos.

Es difícil que un primer libro de poesía admita tal reticencia, tal escepticismo ante los poderes hipnóticos de la exaltación lírica; escribe Ruiz:

 

El verdadero horror es no saber

si he dicho lo que quiero decir.

 

Reticencia, dije. Bien pude decir: atención crítica, claridad de propósito, conciencia profunda de la naturaleza del arte verbal.

Frente al arrebato emotivo, el narcisismo juvenil, la fruición fatal con el lirismo, Ruiz introduce un giro escéptico en el que reside, a mi ver, la fortaleza central de El revés de esta luz. Se trata de un poeta que, gracias a la lectura a la vez apasionada y crítica de su tradición, concibe sus textos como artefactos verbales, y opera en ellos con toda conciencia y deliberación para conducirlos en direcciones distintas a las ya conocidas, aceptadas, prestigiadas. El propio título del libro es revelador al respecto: seguramente sobreinterpreto si leo en él una alusión a Huysmans; no obstante, en la voluntad de hallarle el revés a esta luz, veo el principio de un camino que se promete tan largo como para atravesar manglares, bosques, cordilleras.

 


Imágen de portada: Secretaría de Cultura Ciudad de México

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