El gran mamón

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Alejandro González Iñárritu es un mamón. Desde que comenzó su carrera como locutor se le notaba. Había recorrido buena parte del mundo codeándose con extranjeros y teniendo que dominar el inglés, por eso lo pronunciaba bien acá e intentaba utilizar estéticas comunes en otros países, pero que en México apantallaban cabrón. Se esforzaba porque se le notara lo cosmopolita. Era el locutor que se echaba carreta a sí mismo y que influenció a muchos locutores y conductores de mi generación como Facundo y otros weyes de la era dorada del cable en México. Cuando le dieron la imagen de Canal 5, hizo todo lo que tenía que hacer para que fuera un canal cool que se diferenciara clara e intencionalmente del acartonado formato del canal de las estrellas. Hasta haciendo comerciales de HSBC se hacía el chistoso, y era bien catchy. Aunque tenía una buena reputación como locutor, se fue al gabacho a estudiar dirección teatral, y el muy mamón escogió trabajar con Margules, nomás.

Luego, seguro quejándose de que no había buenas casas productoras en México (ya ven que los artistas siempre se quejan de cosas así), creó su propia compañía, Z films, que a la postre se convertiría en una de las más importantes del país. Si les gustan las películas de arte y de esas que rematan en los centros comerciales, seguro tienen varias de la compañía en su videoteca. Seguro que “El negro” –así le dicen sus cuates fresas de la condechi, para legitimar sus cuotas raciales, yo creo- es de familia bien adinerada, por eso su carnal anda con la Selección Nacional.

Después escribió un guion que se llamaba Perro Blanco, Perro Negro, junto con Guillermo Arriaga, uno de sus maestros. La novela estaba buena, pero se contaba en orden cronológico. Estaba mucho menos mamona que la película que grabaría después, ésa que revivió al cine nacional: Amores Perros. Él mismo platica que intentaron con más de veinte tratamientos hasta llegar a la cosa esa mamonsísima y reburujada que es. Luego, pues se hizo más famoso porque ganó la semana de la crítica de Cannes, y un día se le acercó Sean Penn y le dijo que quería producir una película con él y que él lo dirigiera. Y salió 21 gramos. Otra película mamona, rebuscada y con actuaciones bien azotadas. Triste como ella sola. Con escenas de pájaros volando en la nada y así.

A todo esto le pedía a Santaolalla que le hiciera música, porque entre mamones se atraen y Santaolalla le hizo la música de sus cuatro primeras películas. Y aunque ya sabíamos que Santaolalla era bien cabrón porque reinventó el rock mexicano, resultó que era más cabrón que eso y hasta ganó Globos de Oro y Óscares.

Pues González Iñárritu le siguió haciendo a la mamada y resulta que dirigió en Babel a Brad Pitt y Cate Blanchett, puro fregonazo. Se aventó Biutiful, que la neta le salió jorribol pero no tan jorribol como a Arriaga El Búfalo de la Noche o The Burning Plain. Del divorcio, por lo pronto, sólo “El Negro” salió bien librado. Hasta lo invitaron a hacer comerciales de Nike.

Llegó 2014 y presentó Birdman la más mamona de sus mamonerías. Birdman es todo lo que una película mamona debe ser. Tiene un soundtrack casi interpretado con pura batería. Se la fotografió Lubezki y seguro Iñárritu le pidió que hiciera cosas aún más chinguetas que las que “El Chivo” hizo para Cuarón o Terrence Malick: planos secuencia larguísimos enlazados con trucos con otros planos secuencia larguísimos para parecer larguisísimos. Hizo una película que critica el teatro, y las películas, y la crítica al teatro y a las películas. Y tiene un nombre bien mamón: “Birdman: o la inesperada virtud de la ignorancia”. Juntó a actores famosos, a chicos y grandes, y revivió a Keaton, que ahora anda arrasando con los premios por todo el mundo.

Es muy probable que Iñárritu sea el segundo director mexicano –y el segundo latinoamericano- en ganar un Óscar a mejor director. Y se lo merecería. No le han regalado nada: el joven Iñárritu recorrió el mundo en barcos cargueros, trabajó como pocos, y se atrevió a ser ciudadano universal. Nunca alzó la bandera de mexicano o latinoamericano, ni se escudó en eso para no hacer producciones dignas de atención mundial. Se sabe artista y talentoso y se ha sabido codear con los talentosos. Porque ser mamón es mejor si tienes talento. Otros, como Olallo Rubio, lo intentaron y fracasaron. Hablar o filmar en inglés no garantiza nada, como lo demostró el bodrio de Derbez. Arriaga sin Iñárritu valió madres. “El Negro” se ha arriesgado y ha construido una carrera sólida, peleando, viendo más allá de los límites geográficos. Es un gran mamón que, según creo, se ganó ya el ingreso al círculo de los directores de culto; es el primer mexicano que puede presumir una película de “cine de autor” con todas las de la ley. Su nombre estará en los libros de historia del cine.

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