El debate sobre la naturaleza humana

A mediados del siglo XX se dio la caída de algunos de los grandes mitos del pensamiento, por ejemplo, el mito del buen salvaje y el muy conocido mito del fantasma en la máquina. Otro mito que cayó junto con todas sus implicaciones fue el mito de la tabula rasa, el cual sostenía una vieja afirmación del empirismo inglés, formulada por John Locke y que enunciaba que todo conocimiento se daba mediante la experiencia; es decir, el ser humano nace sin conocimiento y sin contenido alguno.

Este mito alimentó por siglos la concepción del ser humano como una hoja en blanco, capaz de ser llenada con cualquier cosa. Dicha concepción alimentó posturas tales como el existencialismo y su idea de libertad absoluta, además de una metafísica extraña nutrida por las sentencias de Heidegger sobre el ser como apertura total. Pero dicho mito no sólo tuvo eco en la filosofía, sino también en la psicología, ya que la teoría de la tabula rasa se transformó en una concepción de sentido común, en una teoría oficial con la cual las personas buscaban no chocar al momento de entenderse a sí mismas como seres humanos. Ejemplo de esto son los pésimos intentos de la sociología clásica por dar cuenta del desarrollo cognitivo y los más aceptables, pero igualmente errados, intentos del conductismo psicológico.

Finalmente el mito cae cuando toda la evidencia contradice lo que en un momento fue la teoría más aceptada sobre el ser humano. Dentro de lo que ayudó a esta caída se encuentra el trabajo de Edward O. Wilson llamado La nueva síntesis, en el que explora asuntos generales de conducta animal los cuales, posteriormente, siguiendo una línea evolucionista, aplica al ser humano. Basta con comentar un poco sobre la gran polémica que esto desató; en primer lugar, contradecía ciertas creencias ligadas a la tabula rasa que contemplaban al hombre como no-determinado por aspectos naturales, en segundo porque de este modo afirmaba que el ser humano poseía una naturaleza que lo colocaba como un animal más, sólo diferenciado por el grado de sus capacidades.

En este contexto es en el que se da la discusión contemporánea sobre la naturaleza humana. Por un lado se encuentra la posición naturalista-evolucionista que afirma la existencia de una naturaleza humana entendida como el total de las características típicas de la especie humana dadas por factores genéticos más que culturales aprendidos (ver Mosterín 2004; 7). En el otro bando tenemos la postura no-naturalista que pretende seguir la línea de la no-determinación del ser humano, en su mayoría por cuestiones morales y por temor al reduccionismo radical.

En este sentido la propuesta no-naturalista es sensata, ya que no se puede pensar en un reduccionismo total del ser humano a sólo los aspectos biológicos. Esto último no es porque se deba tener en cuenta cuestiones ajenas y extrañas como cualidades inexistentes (como la dignidad), sino más bien por consideraciones metodológicas, que tienen que ver con el aspecto complejo del ser humano, que tiene como consecuencia una serie de casos límite que deben ser tratados a la luz de otras ciencias particulares.

Finalmente la aceptación de una naturaleza humana, entendida de esta forma naturalista, es innegable. La evidencia de la que disponemos nos posiciona en un lugar en el mundo natural bien determinado. Los seres humanos somos a final de cuentas animales, y como tales, nuestra conducta es objeto de estudio igual que la conducta animal, y puede incluso haber, y de hecho las hay, similitudes extraordinarias entre ambas.

 

 

 


Mosterín, J. (2004). «El debate sobre la naturaleza humana». En Nexus N° 33, pp. 4-8.

 

(Visited 794 times, 1 visits today)
Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario