El Brillo, un poema de Robin Myers

 

 

 

Cavamos hondo en la tierra, Nina.

La cortamos.

No intentamos arreglarla.

Dando tumbos vamos hacia abajo,

colgamos luz donde no hay luz.

Hacemos todo para ir más rápido

de lo que iríamos en soledad.

Apuntamos nuestras pistolas a gente que no queremos matar.

A veces los matamos.

Empujamos a nuestros hombres al ring

y ellos se empujan entre sí hasta sangrar e hincharse.

Hervimos vivas a las langostas.

Azotamos a los adúlteros.

Nosotros somos adúlteros.

Desollamos ciervos.

Violamos monaguillos.

Golpeamos peatones que mueren al instante.

Morimos al instante.

Rebanamos nuestras córneas con láser.

Quemamos los huertos del vecino,

nos rajamos los muslos con navajas,

damos la espalda a nuestras hijas que sollozan

cada día del primer mes del primer grado

para que aprendan a abandonarnos.

Damos a luz, Nina,

damos a luz incesantemente.

Nos destruimos las cutículas,

explotamos montañas enteras,

olvidamos casi todo,

proporcionalmente hablando,

y deliberamos quiénes sí y quiénes no merecen vivir

en un departamento lujoso y nuevo,

y levantamos museos sobre ruinas

de pueblos masacrados, y a zancadas intentamos

pasar frente al que inhala pegamento y se convulsiona en la calle.

Inhalamos pegamento,

bebemos hasta decir cosas que no queremos decir,

e introducimos sondas en las tráqueas de nuestras abuelas,

y atamos muchachas a las cajas de las trocas

encima de un colchón,

y entintamos nuestra piel y perforamos nuestras caras,

licuamos hielo y se hace espuma, reventamos caballos,

desaparecemos, desaparecemos a otros, mutilamos verbos,

alejamos las cosas de la infancia

e ignoramos al hombre que alguna vez amamos,

y hablamos del amor en tiempos que no son el presente,

y nos lanzamos de los aviones,

y castigamos a los niños hasta que no puedan hablar nuestras lenguas nativas

y derramamos nuestros residuos al mar,

y mentimos, Nina.

y ahorcamos con las manos las gargantas de lo deseado

hasta que manos y garganta palidecen.

Lo hacemos.

Aunque también es cierto

que untamos blanda mantequilla sobre una hogaza de pan

con un cuchillo blando.

Confiamos nuestros huesos a los conductores de autobús,

las nucas a los peluqueros,

los lóbulos de nuestras orejas a las nubladas bocas

de amantes que podrán o no amarnos,

pero que nos acarician como si así fuera.

Raspamos la corteza del abedul con los dedos

mientras avanzamos.

Compartimos nuestra sangre,

damos paletas a los ancianos

para evitar que se desmayen cuando terminen.

Cuidamos los brotes de nuestras papas.

Esperamos.

Quemamos el arroz, comemos el arroz,

doblamos las orillas de las páginas,

buscamos un rostro único en los rostros pasajeros

y la encontramos, o no la encontramos,

y subimos con dolor la colina, y la resbalamos hasta abajo en trineo,

y cantamos apretando los párpados

y cerramos nuestras ventanas al desfile

para acostarnos juntos y escuchar lo que decimos

y dejar que el fuego de la casa haga lo que quiera

en las cosas que poseemos.

El no tener opción

no es el punto.

Anhelamos.

Confesamos hazañas que no hicimos.

Lavamos nuestros pies.

Reímos hasta la náusea.

Dejamos que la tortuga avance.

Tenemos la certeza de estar en lo correcto.

Llegamos, lo cual es una manera rara de decir

que partimos,

con un gozo que puede ser desolador

si no fuese tan gozoso.

Nos han dicho que debemos soportar la alegría

para después poder soportar la desolación.

No,

Nos han dicho que debemos soportar la desolación

para después soportar la alegría.

No.

luchamos contra lo que podemos soportar.

No,

no sabemos lo que podemos soportar.

¿Verdad?

No lo sé, Nina.

No lo sé.

He visto a un estudiante caer de rodillas

en postura de oración

o traición

o de cartílago roto durante el juego de futbol.

¿Qué es lo que sé?

He visto a una anciana forcejear

contra un abrazo

en un gesto de rencor

o de tristeza

o deseo muerto

o artritis reumatoide

o por extrañar a su madre

o por viejos terrores que vuelven

¿y qué Nina, qué podemos hacer?

Hacemos lo que podemos

No –

conozco

a un hombre que

hace años

se postraba a la orilla de la autopista

para sentir el paso de los tráileres y aquel soplo

movía su cuerpo, para sentir el campo de minas

entre la línea amarilla del asfalto y sus dos pies.

La mina. El campo.

¿Cómo llega el cuerpo a donde el mundo

le ha dicho que no se viaje?

Te pregunto.

Nuestras opciones, a fin de cuentas, son pocas.

Amo a este hombre cuyo cuerpo dijo

no quiero

irme.

Y te amé a ti,

que te fuiste.

Es un “te amo”, no un “te amé”, amiga;

perdóname.

No sabemos

lo que hacemos,

como pasmados ante

el verde maizal que brilla sobre el campo,

como un pie sobre la mina,

nos vamos, nos vamos, nos vamos,

Nina.

Brillamos

 


 

 Versión Original

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