Tin Tan (o el charro de levita que fue Rey del Barrio)

Los últimos años nos han dejado una revalorización del cine mexicano. Desde hace tiempo es posible comprar películas de la época dorada del cine mexicano (y de la no tan dorada) en la red o en tiendas físicas. Los anaqueles muestran carátulas con Pedro Infante como carpintero o como policía; a Jorge Negrete con su eterno traje de charro, y a María Félix con su falsa cara de mujer digna. Entre esas carátulas estelares se asoma con más timidez que soltura un hombre que ha vuelto del olvido artístico para instalarse en las retinas de los mexicanos: Germán Valdés Tin Tan. Este retorno comenzó cuando el grupo de rock La Maldita Vecindad lo revivió en su disco El circo, de 1991, dedicándole la canción de apertura “Pachuco”, en cuyo inicio se escucha la voz del actor.

El fenómeno de Tin Tan ha vuelto con tanta fuerza que se puede asistir a festivales, conferencias, homenajes o comprar prendas de vestir con su imagen. Pero esta vuelta no es gratuita ni forzada, es probable que estemos ante el más grande cómico mexicano de todos los tiempos, que no se había establecido en el imaginario con tanta fuerza como otros, debido a su polémica forma de vida y su actitud de aceptar cualquier papel por pequeño que fuera. Al reconocimiento popular tampoco han ayudado la crítica ni los comentadores del cine mexicano que resumen su paso por las pantallas en meras anécdotas y suposiciones centradas en la vida del actor, siempre, y muy pocas veces en sus aciertos artísticos.

La carrera artística de Germán Valdés pasó de una estación de radio a ver su imagen proyectada en pantallas de toda Hispanoamérica, para después comenzar a desinflarse en los años sesenta (cincuenta, dicen algunos), cuando comenzó a aceptar todo tipo de papeles. Su comienzo en el cine fue fulgurante y sonoro, todo México quería ver al Pachuco y reír con sus improvisaciones y ocurrencias. El cómico era un filón de oro y una montaña de talento, pero el filón se fue agotando debido a que la montaña cada vez quedaba más oculta por las nubes de la voracidad artística y los compromisos comerciales. Filmó casi cien películas y ese exceso repercutió negativamente en su carrera pues participó en muchas producciones tediosas, sin orden y llenas de número musicales innecesarios y anárquicos respecto a la trama.

Muchos tintanólogos afirman que sus mejores producciones son las dirigidas por Gilberto Martínez Solares, pero agudos observadores otorgan a la primera etapa, dirigida por Humberto Gómez Landero (1945-1947), la medalla de oro. Este tipo de disputas siempre son imposibles de solucionar, pero es necesario mencionar que los primeros minutos de El hijo desobediente (1945) dirigida por Gómez Landero son suficientes para entender y conocer todo lo que es Tin Tan: sus ocurrencias, el uso del spanglish, la capacidad de cantar e improvisar y sobre todo su imagen, que rendía homenaje a la figura del pachuco.

El pachuco, en términos llanos, es una subcultura (con todo lo feo que eso suena) que se desarrolló principalmente en los años cuarenta del siglo pasado, en las comunidades mexicanas de Estados Unidos. El movimiento de los también conocidos como Zoot suits era una declaración de intenciones culturales por parte de los americanos de origen mexicano que vivían bajo una represión cultural en el país anglosajón. En voz de Octavio Paz entendemos mejor este movimiento cuando refiere en El laberinto de la Soledad que:

Cuando se habla con ellos se advierte que su sensibilidad se parece a la del péndulo, un péndulo que ha perdido la razón y que oscila con violencia y sin compás. Este estado de espíritu —o de ausencia de espíritu— ha engendrado lo que se ha dado en llamar el “pachuco.” Como es sabido, los “pachucos” son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del Sur y que se singularizan tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos.

Tin Tan desde luego no pretendía representar las voces oprimidas de los mexicoamericanos, su aparición como pachuco obedece más a una estrategia comercial que a una postura crítica por parte del cómico. Lo más pachuco de nuestro personaje era su forma de vestir, su rebeldía constante en la pantalla y un uso del lenguaje muy particular que partió del spanglish para transformarse en algo muy personal, en un lenguaje que bien podríamos llamar tintansonita. Éstos serían los más evidentes identificadores de su talento, pero como todos los grandes artistas, Tin Tan basa su grandeza en sutilezas y no en las obviedades. Caminemos por ese sendero lleno de brillos y demos un vistazo a esas habilidades que tanto fascinan y divierten.

La capacidad musical era uno de los puntos fuertes de Tin Tan, lo mismo cantaba un tango cómico (parte de “La nuez”) que un bolero conmovedor e inolvidable (“Bonita”). Ha versionado a The Beatles (“Quiero rascarme aquí”) e imitado a Agustín Lara (“Cantando en el baño”) y sobre todo era un maestro del scat. Su talento para la música lo llevó a grabar una treintena de discos y a ser uno de los cantantes más recordados del México de los cabarets y las superproducciones. Todos podemos estar de acuerdo que Pedro Infante o Pedro Vargas fueron excelentes cantantes que medio actuaban, pero el talento musical de Valdés era equiparable a su capacidad histriónica y lo demostraba constantemente.

Improvisar en escena era otra de las cartas fuertes del cómico. Sus ocurrencias y comentarios llenaban los platós de frescura y los cines de risas naturales y sinceras. Se puede pensar que el espectador es incapaz de diferenciar un chiste programado de la ocurrencia de un hábil actor, pero algo tienen las palabras que emitía que invitan a pensar en un diálogo natural y sin andamiaje previo. Será la forma, la intención o el talento, pero muchos de los grandes momentos de este cómico nos hacen pensar en su creatividad más que en sus guionistas.

En el México que se nos fue, donde el tlatoani del barrio era el que mejor bailaba mambo y dominaba la conquista de mujeres, en ese país de los años cuarenta y cincuenta Tin Tan era el sumo pontífice, no solo porque sabía engatusar a las mujeres (como cuentan todos los que lo conocieron), sino porque su arte como bailarín era —y aún es— legendario. Le hemos visto bailar rock and roll, twist, mambo y chachachá, y en una de las escenas más memorables de su filmografía lo podemos ver vestido de fauno, bailando ballet en Con la música por dentro (1946). El baile es sin duda una de sus principales señas de identidad.

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