Corazón de Isomalt: El amor en los tiempos del Tinder

 

(Proyecto de investigación conjunto con Miguel Ángel Muñoz Petrichole. Pertenece al primer apartado del estudio.)


 

Dicen que el cielo es el límite y, en un afán creativo, los reposteros explotaron el uso de un edulcorante llamado isomalt para responder a las exigencias de su inventiva. El isomalt es un hidrato de carbono dietético poco digerible, fabricado con azúcar, pero sin serlo; digamos, un limbo de sacarosa. Son varias las ventajas las que hacen interesante al isomalt, sin embargo, la más prominente es la maleabilidad con la que le permite trabajar a los reposteros: crear un sinnúmero de formas con la finalidad de embellecer los platillos y ofrecer una experiencia visual agradable al comensal, el cual degustará sin culpa calórica ni responsabilidad odontológica (ya que no produce caries) la pieza que adorna su plato.

Fueron justamente las entrañas del adjetivo maleable (cuyas acepciones incluye: “que se le puede dar otra forma sin romperlo” y “fácil de convencer o persuadir”) que Eros, un maestro decorador de sentimientos, decidió probarlo también y llamarlo Tinder. Si bien el isomalt no es propiamente azúcar, tampoco Tinder es un “hacedor de parejas” en el sentido en el que lo entendería la concepción chata y –a veces– cerrada de lo que muchos consideran romántico: la serie de expectativas que supone conocer alguien nuevo, el conjunto de posibles “te quiero”, la ilusión de “haber encontrado –por fin– alguien con quien pasear al perro mientras suena de fondo alguna canción melosa. No, señores. Tinder es una ruleta rusa, en donde, en dado caso de que te toque la bala y si no te destruye los sesos (o el corazón), puede surgir algo interesante, ya sea una relación de amistad o “que tome la forma que tenga que tomar”. No digo que Eros tenga una labor fácil en nuestros días. Los horarios, el tráfico, la economía, la flojera emocional o simplemente la existencia de sus escapistas han puesto a trabajar a marchas forzadas a los diversos mecanismos de convivencia. Entonces, ¿cómo hacer para juntar a esa secretaria que trabaja en el centro con ese mirrey que se gasta los domingos que le da su daddy en algún lugar “buena onda”? Es en este punto en el que agradecemos la existencia de un corazón de isomalt, que si bien endulza y toma forma de corazón, no se rompe. Eso es Tinder, un corazón isomalt hecho de la expectativa de un sí.

 

I. How to get a yep in Tinder

Es bien sabido que las nuevas tecnologías han creado un nuevo espacio de convivencia entre los individuos de la sociedad. Los SMS, los mensajes de whatsapp y los chats se han ido metiendo a nuestros actos comunicativos con una sutileza tal, que muchas veces sustituimos los cafés por conversaciones textuales. Esto representa ciertas ventajas, entre ellas, que no necesitamos la maestría de un gesticulador para hacer creer a nuestro interlocutor que nos interesa (o entendemos) lo que dice o, sencillamente, para hacer caso omiso de los comentarios. Digamos que en alguna medida ha facilitado la vida cotidiana, ya que el tiempo para contactar a otras personas se redujo a un clic. La red se convirtió así en una herramienta muy efectiva para reforzar las relaciones con nuestros conocidos y también para conocer gente nueva de todo el mundo, personas que –sin tener acceso a Internet– jamás habríamos conocido. Esto ha dado lugar a una especie de evolución en los sistemas de interacción y creación de citas (virtuales o físicas).

Son varios estudios los que informan que, actualmente, una gran parte de las personas buscan pareja en internet, ya sea a través de aplicaciones, sitios web o redes sociales. Las páginas para “emparejar” cada vez son más populares y más socialmente aceptadas en el mundo[1], ya que las agencias de citas han ido refinando, a partir del uso de logaritmos cada vez más específicos, la búsqueda y han hecho más certera la satisfacción de las necesidades románticas de sus clientes.

Según reportes recientes, la actividad de búsqueda de pareja en internet va en aumento en México. Esta tendencia responde a diferentes factores, entre ellos que la red ayuda a hacer a un lado las inhibiciones y a ser más abierto, que permite conocer a personas con intereses más específicos y la curiosidad por emplear una nueva herramienta de comunicación para expresar emociones y sentimientos sin ser rechazado de manera directa sino a través de una aplicación. De entre toda la gama de aplicaciones para encontrar pareja, dos son las más populares, a saber Grindr, dirigida al mercado gay de citas por internet, y Tinder.

Tinder es una aplicación móvil multiplataforma que permite interactuar a personas que se encuentran geográficamente cercanas. Utiliza el perfil de Facebook como mecanismo de comprobación de la información para determinar la edad, los intereses y hasta seis fotografías que formarán parte del perfil dentro de la aplicación. Una vez que se ingresa a la aplicación, es necesario determinar género, preferencias de lo que se está buscando (hombres/mujeres), rangos de edad y la distancia a la redonda a la que se desea que se busque un prospecto. La interfaz es muy simple e intuitiva: en una especie de carrusel de carne, se van mostrando fotografías de perfiles, si uno de ellos es agradable se da clic en el corazón o se desliza la imagen a la derecha, por el contrario, si no es de interés simplemente se selecciona el tache o se desliza hacia la izquierda. Cuando ambas personas manifiestan un agrado compartido, Tinder automáticamente genera un chat para que puedan interactuar. Sencillo ¿no?, pero ¿qué sucede cuando no se generan matches o no responden? Es muy probable que la falla se encuentre en el manejo de la “representación o versión isomalt de la personalidad” que el usuario hace de sí mismo en la aplicación.

Esta primera parte de la investigación está centrada en explorar y determinar, con base en la observación participante de distintos perfiles y siendo parte de la dinámica de convivencia de la aplicación, los requerimientos básicos que aseguran o que los usuarios creen que aseguran un posible match. Los perfiles focalizados fueron los masculinos (es decir, los que puede ver una mujer), ya que, según diversos estudios, los hombres inician el 73% de los contactos y reciben respuesta el 18% de veces; en cambio, las mujeres inician el 25% y son respondidas en más del 80%.

 

 


[1] Según una nota de la BBC (2011), la industria de las citas en internet ya mueve en el mundo más de US$3.126 millones al año, un hecho que algunos dicen se debe a que cada vez más se prefiere buscar pareja por internet en lugar de hacerlo en cualquier lugar del mundo real. El mercado de citas que usan aplicaciones móviles es particularmente fuerte y se prevé que crecerá cerca de US$1.000 millones a US$2.300 millones en 2016, según la consultora Juniper Research.


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